La sociedad civil de México se reencuentra tras el terremoto

La sociedad civil de México se reencuentra tras el terremoto

Foto: SRE

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Arturo Olmedo Díaz- Unos a otros se miraban, al tiempo que la angustia los invadía y se apoderaba de sus emociones, tornándolas todas en miedo. Los libros y toda clase de objetos caían de los estantes; los plafones se desmoronaban y exhibían los alambres de los que colgaban; las paredes crujían, los cristales estallaban y las escaleras y pasillos por los que la gente buscaba desalojar sus oficinas u hogares comenzaron a ceder ante el embate del terremoto.

Apenas aquella mañana del 19 de septiembre de 2017, todos los noticiarios televisivos y radiofónicos le habían recordado a los mexicanos que era el Día Nacional de la Protección Civil, instaurado tras el terremoto que devastó la capital de la República y algunas otras poblaciones de los estados de Guerrero, Michoacán y Morelos, precisamente un 19 de septiembre, pero de 1985, y que por tanto habría simulacro sísmico en el que debería ensayarse lo básico: no correr, no gritar y no empujar; hallar el punto de reunión con sus compañeros o familiares; cerrar las llaves de gas y, en caso de que no lograran salir a la calle y ponerse a salvo en una zona de seguridad, ubicarse junto a objetos grandes o debajo de mesas y escritorios.

Y sí, había pasado poco tiempo desde que concluyó el simulacro, cuando ante la estupefacción de todos, a las 13:14 horas, se suscitó un nuevo terremoto de 7.1 grados Richter en la Ciudad de México, cuyo epicentro, según reporte del Servicio Sismológico Nacional, se localizó en el límite entre los estados de Puebla y Morelos, “a 12 kilómetros al sureste de Axochiapan, Morelos, y a 120 kilómetros de la Ciudad de México”. Como resulta lógico, numerosas localidades de los estados en que se produjo el epicentro resultaron severamente afectadas y con un elevado número de víctimas, como los más de 20 decesos que se registraron en Jojutla, Morelos, además de incalculables daños materiales.

Los simulacros ensayados durante años se pusieron a prueba y, aunque no pudo evitarse que la gente corriera y gritara ante el temor de perder su vida, sí sirvieron para que la evacuación de edificios y casas fuera sumamente eficaz, lo que evitó que el numero de víctimas mortales aumentara (como ocurrió en 1985, cuando se registraron millares de víctimas), habiéndose contabilizado, hasta el lunes 25 de septiembre y según reporte de Luis Felipe Puente, coordinador nacional de Protección Civil: 324 decesos, de los cuales, 186 acontecieron en la Ciudad de México; 73 en el estado de Morelos; 45 en el estado de Puebla y 13 en el estado de México.

Lo que siguió, una vez más, como había ocurrido precisamente 32 años antes, fue la respuesta ejemplar de la ciudadanía ante la catástrofe. Los jóvenes (o millennials, como se ha dado en llamarles), a quienes la vox populi había definido como apáticos y carentes de un sentido de comunidad, dieron una gran lección social, al volcarse hacia las zonas de desastre y brindar toda clase de ayuda, desde remover escombros levantando piedra por piedra, luego haciendo acopio de medicinas, ropa y alimentos, y más tarde organizando talleres de juego a niños en los albergues para damnificados, entre muchas otras acciones y actividades lúdicas que emprendieron para mitigar la situación traumática.

Pero no solo los jóvenes jugaron un papel destacado; durante las primeras horas prácticamente todo se desarrolló de manera ejemplar: personas de todas las edades y de todos los estratos sociales se sumaron y trabajaron unidas en las labores de rescate; de inmediato se habilitaron albergues y comenzaron las donaciones, unas más y otras menos abundantes, pero todas generosas, como aquella que realizó el dueño de una ferretería, quien donó prácticamente todo su inventario para facilitar las acciones de búsqueda de sobrevivientes.

Las instituciones públicas (como el Ejército y la Marina) se pusieron al lado de la ciudadanía, y pronto, muy pronto, hubo una sensación de renacimiento surgida desde la profundidad de los escombros y reafirmada con cada uno de los heroicos rescates de personas que habían quedado sepultadas bajo las lozas y vigas de cemento, muchos de ellos logrados por los cuerpos de ayuda internacional que acudieron a México de manera inmediata.

La solidaridad de los mexicanos —siempre patente— se encontraba en marcha desde antes de la nueva hecatombe del 19 de septiembre, pues solo doce días antes un terremoto de 8.2 grados Richter había ocasionado la muerte de una centena de personas en los estados de Oaxaca y Chiapas, siendo la localidad de Juchitán de Zaragoza la más afectada.

Por desgracia, no todo en esta historia ha tenido un desempeño ejemplar y, aunque las autoridades han desmentido que se esté obstruyendo la acción de rescatistas voluntarios, las redes sociales han dado cuenta de numerosas situaciones en las que el Gobierno del presidente Enrique Peña Nieto y la sociedad no han podido caminar de la mano; los primeros suelen esgrimir el argumento de que los voluntarios no cuentan con la preparación para tomar parte de acciones que representan riesgo, mientras que los segundos consideran que las autoridades, cuya popularidad es prácticamente nula, buscan, a toda costa, una notoriedad que equilibre sus positivos respecto de sus pesados negativos.

La situación más indignante tuvo lugar en el estado de Morelos, pues la ciudadanía afirma que el gobernador, Graco Ramírez, ordenó a los agentes de la policía que detuvieran a los camiones de carga que, desde distintas entidades federativas estaban llegando, con todo tipo de ayuda y víveres, para que fueran descargadas en las instalaciones estatales del Instituto para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), presidido por Elena Cepeda, esposa del mandatario estatal, con el propósito de que los paquetes de ayuda fueran etiquetados con el logotipo de la referida institución y así granjearse el favor de la sociedad, con miras al proceso electoral que tendrá lugar en 2018.

Pese a estos contratiempos y a que no fue tan ágil como en la Ciudad de México la respuesta para auxiliar a las poblaciones damnificadas en los estados de Puebla y Morelos, los mexicanos han seguido avanzando y, así como han removido pesados escombros para rescatar a sus seres queridos, están sacudiendo sus propias conciencias, lo que hace prever una transformación profunda del país, que seguramente se hará patente en las elecciones presidenciales que se avecinan.

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