Monumentos confederados: dolorosas esquirlas de la historia americana

Monumentos confederados: dolorosas esquirlas de la historia americana

Jack Bonney

Jack Bonney

Francisco Machalskys- Este pasado sábado los ojos del mundo se posaron en Charlottesville —una pequeña ciudad del estado de Virginia que no llega a los cien mil habitantes— para testificar con horror el cruento choque entre seguidores de la llamada “supremacía blanca” y grupos antirracistas que dejó el lamentable saldo de una mujer muerta —Heather Heyer, activista de derechos civiles de treinta y dos años— y diecinueve personas lesionadas como consecuencia de un arrollamiento premeditado.

La chispa que encendió toda esta violencia fue el empeño de los supremacistas blancos por evitar el retiro de un monumento en honor al general Robert E. Lee, defensor de los Estados Confederados, proclives, como se sabe,al mantenimiento de la esclavitud como sistema laboral y de organización social.

En consonancia a este repudiable hecho, activistas de Durham protagonizaron lo que hicieron llamar una “operación de emergencia”. Provistos de una soga e impulsados por la ira, dirigieron sus pasos al antiguo edificio de una corte, asiento de una escultura erigida en 1924 que representa a un soldado confederado, fusil en ristre.

Atada y tirada por los indignados manifestantes, esa histórica representación cayó con todo y su orgullo. Ya en el suelo, fue cubierta con pancartas que rezaban consignas contra el presidente Donald Trump, contra el Ku Klux Klan y contra cualquier intento de abrir una brecha de odio racial. Algunos manifestantes llegaron incluso al colmo de patear el monumento derribado y le causaron abolladuras.

Para el gobernador de Carolina del Norte, Roy Cooper —demócrata, para mayores señas— tal reacción fue, en todo caso, inconveniente, aunque comprensibles. “El racismo y la violencia extremista acaecidas en Charlottesville son inaceptables; aun así, hay una manera mejor de retirar estos monumentos”, apuntó, en clara alusión a una ley promulgada en 2015 que prohíbe expresamente el retiro de monumentos confederados en Carolina del Norte sin aprobación de las autoridades estatales. De hecho, el sheriff de Durham, Mike Andrews, adelantó que a los involucrados en este acto se le podría imputar cargos por vandalismo.

Al igual que Durham, otras ciudades vienen anunciando su intención de retirar monumentos confederados luego de los amargos sucesos de Charlottesville. Así, los alcaldes de Baltimore y Lexington, en Kentucky, ratificaron su compromiso de quitar aquellos monumentos que generen cierta incomodidad al situarse en “el umbral de símbolos de odio o de orgullo patrio”.

Asimismo, las autoridades de Memphis, en Tennessee, y de Jacksonville, en Florida, se han hecho eco de la necesidad de “limpiar” sus ciudades de estos conflictivos recordatorios del pasado. Por ejemplo, el gobernador de Tennessee, Bill Hassman, militante del Partido Republicano, ha solicitado el retiro de un busto en honor a Nathan Bedford Forrest, un connotado general confederado y miembro del Ku Klux Klan.

En total, se cuentan al menos unas 709 estatuas y monumentos que cantan las “glorias” de “héroes” que lucharon por un espacio geográfico signado por la esclavitud y la diversificación social según el color de la piel. Dolorosas esquirlas que, en la opinión de muchos, se han avivado acunadas en el discurso, a menudo racista, pronunciado por el presidente Donald Trump en más de una ocasión (al menos, en unas trece ocasiones, según un trabajo publicado por el portal Huffpost, actualizado el 10 de octubre de 2016).

Aun así, el presidente Trump se pronunció en contra de los hechos acaecidos en Charlottesville, aunque dos días después y de manera bastante somera. “El racismo es maligno. Y aquel que genere violencia en su nombre debe ser considerado un criminal y terrorista, sea del Ku Klux Klan, de la supremacía blanca o neonazi”, advirtió.

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