Un caudillo llamado Donald

Un caudillo llamado Donald

Donald Trump en un mitin de sus simpatizantes en Arizona. Gage Skidmore, 31 de agosto de 2016 por Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0)

Donald Trump en un mitin de sus simpatizantes en Arizona. Gage Skidmore, 31 de agosto de 2016 por Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0)

Ana Stollavagli- “El día en que los sucesivos fracasos económicos pusieron en evidencia los defectos del caudillo, entre ellos, la vanidad, la soberbia y la arrogancia, las tres divinidades que decoran el altar de los tiranos [...]” (Eliseo Alberto, La eternidad por fin comienza un lunes).

Muchos hispanos llegados de países empobrecidos y en manos de líderes más o menos autoritarios hoy creen estar escuchando una melodía conocida, aunque con la letra en inglés.

Un presidente que se erige como el único capaz de devolverle la grandeza a la nación; que construye enemigos allí donde hay diversidad y los responsabiliza de todos los males (desde poner bombas hasta robar empleos); que los acecha y expulsa con cataratas de medidas ejecutivas —y no con proyectos de ley para discutir en el Congreso—; que avanza sobre el poder judicial y critica sus fallos; que aprueba la tortura; que descalifica a los que piensan distinto y que ataca a la prensa que no le es afín.

Por razones como esas, los principales diarios de Estados Unidos ya comparan a Donald Trump con personajes de otras tierras. En un editorial titulado “El primer presidente latinoamericano de Estados Unidos”, The Washington Post utilizó una foto trucada con el rostro del magnate y el título en español “El caudillo yanqui”. La imagen original es del general Augusto Pinochet, quien en 1973 tomó por asalto el Gobierno de Chile. Durante su dictadura de una década y media, como en las de otros países de Centro y Sudamérica, se ordenaron secuestros, vejámenes y asesinatos en el marco del denominado Plan Cóndor, propiciado por Estados Unidos para neutralizar a los movimientos y Gobiernos de izquierda. 

The New York Times, por su parte, aseguró que las medidas dispuestas por Trump “están fogoneando una atmósfera de xenofobia nacionalista”. En ese artículo, Roger Cohen señala: “Todo es peor de lo que parecía imaginable: su obsesión por el número de asistentes a la juramentación, sus falsedades constantes, su perversa incapacidad para aceptar que ganó la elección hasta llegar al punto de querer investigar el número de votos, su pasmosa sed de tortura, muros, restricciones y carnicerías”. 

Antes de las elecciones, un aviso de campaña de Hillary Clinton mostraba un fragmento del debate en el que la candidata se alegraba de que alguien con el temperamento de Trump no estuviera a cargo de impartir la ley, a lo que el magnate respondía: “Porque estarías en la cárcel”. Inmediatamente, aparecía en una cadena nacional el fallecido presidente de Venezuela Hugo Chávez pidiendo para una jueza que había liberado a un empresario “30 años de prisión en nombre de la dignidad”; y luego, el expresidente de México, Vicente Fox, respondiendo en una entrevista que el republicano “es un dictador como Chávez, Hitler y Mussolini”. Más adelante, la comparación consistía en recordar a Trump advirtiendo que cambiaría las leyes para demandar a periodistas y ganar mucho dinero, y de nuevo, al líder bolivariano, anunciando que inmediatamente sacaría del aire a los medios opositores. 

Ahora que Trump está en el Gobierno, en unas pocas semanas dio muchos más argumentos a los que ven en él a un caudillo totalitario. Anunció la inminente construcción del cuestionado muro fronterizo, que pretende cobrarle a México, tal vez, incrementando la importación de sus productos en detrimento de los consumidores de Estados Unidos. Habría tratado poco menos que de inútil al presidente Enrique Peña Nieto en su lucha contra el narcotráfico, y amenazó con enviar tropas norteamericanas para combatir el comercio ilegal de drogas. Parece ser que le cortó el teléfono al primer ministro de Australia, tras la que el propio Trump calificó como “sin duda, la peor llamada” que había mantenido, enojado por el programa de refugiados que firmó con Obama. Afirmó que “hay que ser duro”, cuando criticó los ensayos nucleares de Irán, un país con el que su antecesor logró sentarse en una mesa para sellar un acuerdo. Prohibió el ingreso de nuevos refugiados y de inmigrantes procedentes de siete países musulmanes, muchos de ellos, con residencia legal. Echó a la fiscal general interina que entendió que esas medidas eran inconstitucionales. Tildó de “indignante” el fallo del juez que frenó sus órdenes ejecutivas. Canceló los fondos federales para las ciudades santuario y sugirió que podría hacer lo propio con una universidad en la que se produjeron disturbios en contra de la presentación de uno de sus aliados supremacistas. Le dio el visto bueno a obras controversiales, como la ampliación de los oleoductos de Keystone XL y Dakota Access. Quitó de la página de internet de la Casa Blanca las referencias a la lucha contra el cambio climático y borró la versión en español de todo el sitio.

Y en medio de la convulsión nacional e internacional generada por sus medidas ejecutivas, se permitió burlarse de la baja audiencia de Arnold Schwarzenegger en el reality show en el que él participó cuando aún soñaba con la presidencia.

“ALCA, ALCA… al carajo”

Conocida es la oposición de Trump a las alianzas entre naciones: ya salió del Tratado de Libre Comercio del Pacífico y nada quiere saber con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Aunque está en las antípodas de su pensamiento, los que le encuentran similitudes con Chávez recuerdan aquel día en que el entonces presidente de Venezuela proclamó su rechazo al Área de Libre Comercio de las Américas: “Vamos a decirlo… ALCA, ALCA… al carajo”, pronunció el comandante bolivariano, en 2005, frente a presidentes aliados, como los de Argentina y Brasil, y mandatarios a los que consideraba enemigos, como George Bush. Del norteamericano, un año después, citando el libro de Noam Chomsky Hegemonía o supervivencia. La estrategia imperialista de Estados Unidos, dijo en la ONU: “La amenaza la tienen [los estadounidenses] en su propia tierra. El diablo está en casa. Ayer el diablo vino aquí. En este lugar huele a azufre”.

El sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, siguió esa línea hasta la campaña de Trump, a quien llamó “bandido, ladrón y pelucón” por su proyecto del muro fronterizo. Pero tras la juramentación del republicano, cambió su discurso y denunció “una campaña de odio” contra el presidente norteamericano, de quien dijo que no podrá ser peor que Obama.

El boliviano Diego von Vacano, experto en Ciencias Políticas de la Universidad de Texas A&M, concluyó: “El populismo, el autoritarismo, el personalismo, el machismo, el racismo y el caudillismo han sido históricamente vistos como males casi inherentes a la cultura política latinoamericana. […] Con la elección de Donald Trump, ahora podemos ver que Estados Unidos es, en realidad, parte de las Américas en su conjunto y comparte esas patologías”.

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