Noticias de mil secuestros en Argentina

Noticias de mil secuestros en Argentina

Luis Argerich, 22 de enero de 2009 por Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

Luis Argerich, 22 de enero de 2009 por Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

Ana Stollavagli- “Estuve catorce días encadenado al piso, con un grillete en cada pierna… Había una camita, una mesa de luz, un inodoro químico… y un agujero en el techo. Por allí me hablaba uno de mis captores. Conversábamos de fútbol. Me decía que él no iba a dejar que mataran al futuro presidente de Boca”. Corría 1991 y el ingeniero Mauricio Macri no sabía si saldría con vida de su encierro. Lo atraparon en la puerta de su casa y lo metieron en un ataúd para llevarlo a su lugar de cautiverio en una casa de la ciudad de Buenos Aires.

El titular del club deportivo Boca Juniors en 1995 y mandatario de la Argentina en 2015 era entonces un nombre más en la larga lista de secuestros impunes. Su padre, un poderoso empresario, sospechaba de algún grupo de la mafia internacional e incluso del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien lo había desplazado de un proyecto inmobiliario en Nueva York.

Pero los captores de Macri estaban cerca, velando por la seguridad de los argentinos. El ingeniero fue la última víctima de la llamada “Banda de los comisarios”, un grupo de policías federales entrenados en desapariciones y torturas durante la dictadura militar que, en los últimos trece años y aun en plena democracia, secuestraron a otras cuatro personas: a una joven de quince años (sobrina de un banquero), al hijo de un empresario textil, a un joyero y al dueño de un hotel, que también fue asesinado.

La organización delictiva, que recaudó unos 12 millones y medio de dólares en rescates, consiguió sobrevivir tanto tiempo debido a que hacía inteligencia sobre sus víctimas y tenía información para eludir la persecución judicial. Aunque uno de sus miembros cayó preso por otro secuestro, la sociedad criminal se rearmó y siguió operando, hasta que una serie de mensajes anónimos le puso fin tras la liberación de Macri: en 2001, la justicia condenó a cinco policías. Sin embargo, cuatro años después se probó que dos de ellos habían confesado bajo tortura y se modificaron algunas sentencias.

Delincuentes comunes con amparo policial

Ese mismo año, Argentina vivió la crisis sociopolítica y económica más grave de su historia. Se produjeron saqueos y hubo muertos y heridos en protestas populares reprimidas. El presidente de la república renunció, y el delito creció 75% en relación con la década anterior. Los asaltos a bancos, blindados y empresas cedieron lugar a los secuestros extorsivos, que durante los dos años siguientes se multiplicaron por cuatro en la provincia de Buenos Aires, el territorio más amplio, poblado y peligroso del país.

La industria del secuestro se perfeccionó hasta alcanzar límites inimaginables. Aún hoy es frecuente que los reclusos llamen por teléfono desde la cárcel durante la madrugada a números elegidos al azar, para advertir de accidentes, obtener información del interlocutor desprevenido, y luego fingir el secuestro de un familiar para obtener el pago del rescate.

Respecto de los secuestros reales, algunos fueron, y siguen siendo, de pocos minutos de duración; por eso se los conoce como “secuestros exprés”. Ese tiempo es suficiente para obligar a los cautivos a que retiren su dinero de los cajeros automáticos. Pero otro tipo de secuestros duraban días eternos. Los familiares de las víctimas podían recibir una falange como prueba de vida para acelerar el pago del rescate. La disposición para entregar el dinero, sin embargo, no siempre era garantía de la sobrevivencia de los cautivos.

El estudiante Juan Manuel Canillas fue asesinado por sus captores después de que cobraron el dinero de su libertad. El adolescente Diego Peralta fue ultimado cinco días antes de que buscaran el rescate. Los dos crímenes ocurrieron en julio de 2002 y generaron espanto entre la comunidad. Dos años más tarde, hubo marchas hacia al Congreso para repudiar el secuestro extorsivo y el asesinato del joven Axel Blumberg.

Por ocultar información al fiscal que investigaba el crimen, dos altos mandos policiales fueron separados de sus cargos. Uno de ellos era comisario; se le condenó por torturar a los subordinados que se autoinculparon del secuestro del presidente argentino. La hermana menor del presidente, Florencia Macri, también fue víctima de un rapto en 2003, año en que el estudiante Cristian Schaerer, hijo de un exfuncionario acusado de corrupción, fue secuestrado y, probablemente, asesinado.

Tiempo después, las autoridades correspondientes lograron desarticular varias bandas de secuestradores que estaban formadas en su mayoría por malvivientes jóvenes y reincidentes, a quienes se condenó con largas penas.

La sospecha de complicidad policial estuvo presente en cada uno de los casos conocidos y, en ocasiones, llegó a ser probada: había “zonas liberadas” para los delincuentes (muchas veces, menores de edad) a cambio de una parte de los botines, y se observó la participación directa de la policía en toda clase de delitos.

El secuestro y crimen de Matías Berardi, de dieciséis años de edad, a manos de una familia de herreros, volvió a sacudir a la sociedad en 2010. En los primeros meses de 2016, las capturas con fines extorsivos se recrudecieron, y empezaron a recibirse denuncias de uno de estos hechos cada dos días. Algunos analistas volvieron a hablar de maniobras de desestabilización política.

El clan Puccio: ¿una familia muy normal?

Ni delincuentes comunes, ni policías: ellos eran una familia de clase media acomodada que vivía en el selecto barrio de San Isidro, en la zona norte de la Provincia de Buenos Aires. En el sótano mantuvieron cautivos a algunos de los cuatro empresarios que secuestraron con fines extorsivos entre 1982 y 1985. Mataron a todos, excepto a la última de sus víctimas, que pasó un mes allí hasta que llegó la policía.

La justicia condenó a Arquímedes Puccio, el jefe de la banda, quien siempre se proclamó inocente; a su hijo Alejandro, jugador del seleccionado de rugby y conocido de tres de las víctimas; y a tres amigos, uno de ellos, militar. Otro de sus hijos estuvo prófugo hasta que prescribió la causa. La esposa de Puccio dijo que no sabía nada de lo que ocurría en su casa, pero pasó dos años en la cárcel; no hubo pruebas contra sus tres hijos menores. Arquímedes murió en 2013, libre y solo, sin que nadie de su familia quisiera saber de él.

Tal impacto causó la historia de este clan que en torno a ella se escribió un libro, y se produjeron una miniserie y una película que resultó multipremiada. Por algo dicen que la realidad suele superar a la ficción.

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