“Nueva” reforma tributaria: otra propuesta política que navega entre dos aguas

“Nueva” reforma tributaria: otra propuesta política que navega entre dos aguas

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Francisco Machalskys- Si de algo no puede acusarse al presidente Donald Trump es de ser un hombre sin palabra.

Descabelladas o no, ha venido cumpliendo —o ha intentado cumplir— una a una de las promesas hechas durante su campaña electoral, agenda que hoy lo llevó —quiérase o no— a ocupar la silla principal de la Casa Blanca. Habló de erigir un muro fronterizo con México, además pagado por el vecino país, y de levantar a toda costa las restricciones a la producción de todo tipo de energía, entre, al menos, veintiocho acciones prioritarias —y polémicas, cabe destacar— refrescadas al término de sus primeros cien días de gobierno.

Recientemente le tocó el turno a su promesa de reducir drásticamente —en sus palabras— los impuestos a las empresas “y a muchos estadounidenses” como fórmula para el reimpulso económico “que haga grande a América de nuevo”, en lo que definió como un proyecto “procrecimiento, proempleo, profamilias, pro-Estados Unidos”.

Reciclada novedad de vieja data

De lograr un triunfo en la arena legislativa, la propuesta de recorte tributario pretende imponer una rebaja del 35 al 20% de la tasa impositiva para las empresas, así como una simplificación de las siete categorías existentes de impuestos individuales a apenas tres: del 12, 25 y 35%.

De igual manera, esta reforma eliminaría el impuesto de sucesiones, otorgaría deducciones a las familias con hijos y establecería, en contraparte, nuevas cláusulas de pago para adultos independientes.

El presidente Trump se aventuró a calificar su propuesta de “cambio revolucionario, donde los mayores ganadores serán los trabajadores de clase media, porque los empleos volverán a nuestro país y los salarios seguirán creciendo”. Sin embargo, es conveniente recordar que en 1986, Ronald Reagan, compañero de partido, se embarcó en el que fue el último gran ajuste fiscal estadounidense. Otro tanto hicieron los Georges de la familia Bush, padre e hijo.

Para la era de Reagan, la ciudadanía reveló su descontento con el que suponían un trato preferencial a los más ricos y a las corporaciones, dejando sobre la clase media en mayor medida el peso de cubrir un déficit fiscal de 200,000 millones de dólares. Su aplicación, no obstante, logró eliminar lagunas fiscales valoradas en 300,000 millones de dólares y general ingresos por impuestos corporativos de 120,000 millones de dólares.

Pese a su éxito, y hay que decirlo, la iniciativa tampoco fue original del exactor hollywoodense devenido presidente. De hecho, su esbozo se hizo en una servilleta de tela en 1974 —y que hoy se exhibe en el Museo Nacional de Historia Estadounidense— como parte de una reunión entre Donald Rumsfeld, jefe de gabinete del presidente republicano Gerald Ford; Dick Cheney, subjefe de gabinete, y Arthur Laffer, profesor de Economía de la Universidad de Chicago. Discutiendo el natural principio de que si se necesitan más ingresos se debe aumentar la carga tributaria, el economista demostró que, disminuyéndola, se contribuye al aumento de la productividad y, por en, de los ingresos. La explicación quedó graficada en la famosa curva de Laffer, y es a menudo citada en los planes económicos proyectados por el ala republicana.



Sí pero no

Como ya es usual, un sector de la población anticipa el que sería “el mayor recorte de impuestos en la historia estadounidense” como un factor de crecimiento económico. Otro sector, sin embargo, lo califica abiertamente de fraude.

Para Brad Close, vicepresidente de la Asociación Nacional de Pequeñas Empresas (NFIB), la reforma “es crucial para ayudar a las pequeñas empresas a invertir y a crear puestos de trabajo”. En su opinión, las empresas que generan más de cinco puestos de trabajo no han logrado recuperarse del bajón económico de 2008-2009, y un aliento de este tipo se traduciría en la creación de 1,5 millones de nuevos empleos, así como la atracción de nuevas empresas a la Unión americana.

Desde el banquillo de la clase trabajadora las opiniones pintan diferente. Richard Trumka, presidente de la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO), sentenció que, en lo que esta reforma se refiere, “primero está la promesa de reducción de impuestos para los ricos y para las grandes empresas que podrían ser revertidos a la economía. Luego la promesa de que las reducciones de impuestos se van a autofinanciar. Nada es verdad, y los responsables de ese desastre de miles de millones de dólares nos van a decir que no tenemos otra opción que reducir los mecanismos de protección para la salud”, completó.

Otro aspecto preocupante es el mutismo de la Casa Blanca sobre la laguna que crearía este recorte en el presupuesto federal, que según el Centro no Partidista para las Políticas Tributarias (TPC) ascendería 2,400 millones de dólares en la primera década, y a 3,200 millones de dólares en la segunda. En tal sentido, un estudio de la Universidad de Alcalá ha demostrado el impacto negativo que el reducir la recaudación fiscal ha generado en las arcas, ilustrado en el 17,9% registrado en 1992, durante el periodo de George Bush padre, y el 20,2% alcanzado en el segundo periodo de Bill Clinton.

Al respecto, voceros presidenciales aseguran que el éxito derivado del crecimiento económico en consecuencia “reduciría o eliminaría el riesgo de un déficit fiscal elevado”. Por supuesto, las condiciones económicas actuales distan mucho de parecerse a las vividas en 1986, si consideramos que el déficit fiscal ronda los 560,000 millones de dólares. No estaría de más prestar oído a la vieja conseja keynesiana de no confiar exclusivamente a los inciertos vaivenes del mercado algo tan serio como la economía.

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