Un presidente, ¿dos países?

Un presidente, ¿dos países?

Alex Proimos, 1 de julio de 2012 por Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

Alex Proimos, 1 de julio de 2012 por Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

Ana Stollavagli- “Desde hoy, Estados Unidos primero”, dijo Donald Trump al asumir la presidencia. En casi diecisiete minutos de discurso, garantizó lo que ya había dicho en la campaña: fortalecer las fronteras para proteger la industria nacional y no permitir que otros países dejen sin trabajo a los estadounidenses. Esta vez, sin embargo, no habló de muros; aunque la división ya está profundamente marcada en la sociedad.

Hubo miles de personas que lo aclamaron. Y hubo miles, también, que le expresaron su rechazo, incluso, violentamente.  

Las manifestaciones anti-Trump comenzaron hace semanas y prometen seguir: contra las deportaciones de inmigrantes, contra la derogación del Obamacare, contra sus expresiones xenófobas y misóginas.

Al recibir el mando, el presidente afirmó: “Si somos negros, blancos o de cualquier color, tenemos la misma sangre roja de patriotas y defendemos la misma bandera”. Pero no alcanzó para compensar exabruptos como el que tuvo con el líder de los derechos civiles John Lewis, lo que le valió el boicot de unos setenta legisladores, ausentes en la ceremonia de toma de posesión.

Cuando Trump aún no había terminado de jurar sobre dos Biblias y ante representantes de seis credos, decenas de dreamers, como Isaac López, de California, ya habían llamado o escrito a la Casa Blanca, la mañana del viernes, para pedirle que no elimine el programa DACA, que permite estudiar y trabajar a 700,000 jóvenes indocumentados.

Y Nora Sandigo, directora de la Children's Foundation (Fundación de los Niños), continuaba con un ayuno y vigilia junto a decenas de hijos de deportados a los que cuida.

Las calles de Washington D. C. se colmaron, y el espectro fue enorme entre seguidores y detractores: hubo quienes pagaron 16,000 dólares la noche de hotel para estar cerca del evento y quienes viajaron largas horas en autobús. Algunos querían acompañar al presidente que votaron y otros, hacerle oír sus reclamos. Estuvieron los que solo querían asistir a un hecho histórico y los que bregaban por la legalización del consumo recreativo de marihuana. Hubo una multitud que permaneció en paz y una minoría violenta, que rompió a pedradas vidrieras de bancos y restaurantes de marcas consideradas símbolo del capitalismo, y que pateó cestos de basura y los prendió fuego con la misma saña que incendió una limusina.

Estos actos vandálicos, por los que hubo un centenar de detenidos antes de que cayera la noche, sumados a la fuerte presencia de opositores, motivaron que Donald Trump no desfilara a pie hasta la sede de Gobierno, sino que lo hiciera en el auto blindado de nueve toneladas, conocido como “la bestia”.

Ya en la Casa Blanca, rodeado de hijos y nietos, el presidente procedió al nombramiento de su cuestionado gabinete, que aún no había sido aprobado por el Senado, y se permitió bromear, preguntando si lo que estaba firmando era la reforma de salud. Poco después, el secretario de prensa, Sean Spicer, confirmó que el presidente rubricó el decreto “para aliviar la carga del Obamacare a medida que pasamos hacia su revocamiento y remplazo”.

Terrorismo y economía

En su discurso, además de prometer “grandes escuelas, barrios seguros y buenos trabajos… para que la gente no viva de la beneficencia estatal”, Trump aseguró: “Erradicaremos el terrorismo fundamentalista de la faz de la Tierra”, aunque aclaró que los soldados estadounidenses defenderán los intereses del país y no los de las naciones extranjeras. La misma promesa de campaña y la misma analogía que empleó para hablar de la economía: “Hemos hecho a otros países ricos, mientras nuestra riqueza desaparecía del horizonte[…]. Tendremos dos reglas: compre norteamericano, contrate norteamericano”.

El baile y las mujeres

El traspaso continuó como se esperaba, con la cena de gala y el baile en el que Melania Trump, la tercera esposa del presidente, de origen esloveno, lució su belleza y elegancia. Una primera dama que ya prometió pocas palabras y que pudiera tener un lugar mucho menos destacado que su antecesora, Michelle Obama.

En la antítesis de aquella posición, un grupo de mujeres llamó a una gran marcha en Washington con una advertencia clara para presidente: “Nosotras tenemos derechos”.

Lo que empezó con una convocatoria en las redes sociales se replicó de tal manera que este sábado se calculaba en 500,000 las asistentes al evento —superando incluso las expectativas de los organizadores—, y en más de 2.5 millones el número de mujeres en más de 600 manifestaciones simultáneas en distintos puntos del país y en naciones de todos los continentes, según algunas estimaciones.

Como en 1913, cuando al día siguiente de la juramentación del presidente Woodrow Wilson, un grupo de mujeres —algunas, a caballo— marchó en reclamo del voto femenino, este 20 de enero la multitud usó gorros rosas. En el grupo de casi cuarenta oradores, se destacaron la filósofa de izquierda y activista afroamericana Angela Davis, el cineasta Michael Moore —quien, muy a su pesar, había anticipado el triunfo de Trump cuando pocos lo esperaban—, y el alcalde de la ciudad, Muriel Bowser. La sorpresa mayor fue Madonna, quien también cantó en el escenario.

Hubo consignas por la igualdad de género, origen, religión y condición sexual, y por la libre elección a la maternidad y a la interrupción del embarazo no deseado, en el mismo lugar donde un día antes un grupo de seguidoras de Trump había defendido la prohibición del aborto.

Hillary Clinton dio muestras de agradecimiento a través de su Twitter, y hubo gritos de aclamación cuando los disertantes mencionaron a Barack Obama y, más aún, a su esposa. No en vano, el expresidente se fue con un índice de aprobación más alto que el del magnate, quien, según la encuestadora Gallup, apenas llega a un 44%, el menor con el que haya contado un mandatario entrante.

“Si no nos dejan soñar, no los vamos a dejar dormir”, clamó en español una de las oradoras, y otra agregó: “Latinos, aquí estamos y no nos vamos”.

Aunque Donald Trump aseguró que no se le transfirió el poder a él ni a su partido, sino al pueblo, una gran parte de la nación no cree en sus palabras. La Marcha de las Mujeres sonó fuerte y, tal como prometieron los organizadores de otras manifestaciones, cada día habrá una protesta, al menos, durante los primeros cien días de gobierno. Señal de la gran fractura social que se produjo en el país y de la que el presidente, desde luego, no es ajeno.

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