De cómo Trump se convirtió en presidente

De cómo Trump se convirtió en presidente

Gage Skidmore (CC BY-SA 2.0)

Gage Skidmore (CC BY-SA 2.0)

Ana Stollavagli- Lejos de lo que vaticinaba la mayoría de las encuestas y de los deseos del establishment, de algunas minorías e –incluso– de muchos republicanos, Donald Trump ganó la Presidencia de Estados Unidos con una mayoría de los votos del Colegio Electoral, pero con el 47.5% de los votos populares, un 0.2% menos que Hillary Clinton.

El empresario consiguió los 270 votos electorales que necesitaba al imponerse en estados clave como Texas, que aporta 38 electores; Florida, que suma 29, y Pennsylvania, que lleva 20. En estos dos últimos, Barack Obama había ganado en 2008 y en 2012, del mismo modo que en Iowa, Ohio y Wisconsin, que esta vez también le dieron la espalda al Partido Demócrata, aunque por escaso margen.

Trump alcanzó un triunfo arrollador en Wyoming (70%), Oklahoma (65%) y North Dakota (64%) que, aunque poco representativos en número de electores, le concedieron mucho más del doble de votos populares que a su rival, quien allí osciló entre el 22 y el 28%.

Los primeros análisis de prestigiosos medios periodísticos como The New York Times indican que para el republicano fue vital el apoyo obtenido en los condados industriales del medio oeste (mayormente habitados por ciudadanos blancos sin educación superior, que no se sienten representados por los políticos tradicionales), y que también fue significativo su triunfo en las zonas rurales.

Por el contrario, a la candidata demócrata la eligieron en las grandes áreas metropolitanas y la rechazaron en las ciudades pequeñas e industriales.

El triunfo del Partido Republicano también se extendió al Congreso. En el Senado, obtuvo 51 bancas, contra 47 de los Demócratas, y en la Cámara de Representantes, 239 escaños, frente a los 193 de la facción contraria. Una de las sorpresas la dio Catherine Cortez Masto, una exfiscal de Nevada, nieta de una inmigrante mexicana, que ganó en su estado y se convirtió en la primera senadora latina. 

Al reconocer su derrota, la ex secretaria de Estado bregó por un Gobierno exitoso en beneficio de todos los americanos, incluídos los veteranos de guerra, los afroamericanos, los musulmanes, las personas con discapacidad, las mujeres y los inmigrantes. Trump había atacado estos sectores duramente durante su campaña presidencial y, sin embargo, los habría encontrado adeptos a la hora de votar. Al menos, fue sugestivo el apoyo de muchas mujeres durante la contienda electoral, así como de movimientos de inmigrantes, sobre todo, de las generaciones de cubanos mayores, enojados por el acercamiento de Obama al régimen de Fidel Castro.

El presidente electo número 45, en tanto, con menos estridencias que en la campaña, prometió gobernar para toda la nación, incluidos aquellos que no lo apoyaron, y hasta fantaseó con un segundo mandato. 

Los editoriales de medios tradicionales oscilan entre el temor a lo que pueda venir por su falta de experiencia de gobierno y su temperamento caprichoso, y el compromiso de apoyar una gestión que, como corresponde a cualquier democracia, será controlada por los otros poderes del Estado.

Como dijo The Washington Post: “Esperemos que respete el Sistema. Los estadounidenses deben estar listos para apoyarlo si lo hace, y para apoyar el sistema si lo hace o no”.

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