Desastres medioambientales –evitables– amenazan a América Latina

Desastres medioambientales –evitables– amenazan a América Latina

David Guzmán Fonseca- El 24 de agosto de 2016 ocurrió el quinto derrame petrolero del año en la selva norte de Perú, aparte de los 18 reportados entre 2011 y 2015. El desastre nuevamente tuvo lugar en el viejo y extenso Oleoducto Norperuano, administrado por la estatal Petroperú, que transporta crudo extraído en la Amazonía hasta la costa del Pacífico, en el norte del paí­s, y que ya ha sido sancionada por las autoridades del Gobierno con más de siete millones de dólares por los derrames provocados.

Se calcula que en los ríos del Amazonas peruano se han vertido cerca de 3,000 barriles de petróleo en los últimos años, unos 477,000 litros de crudo, lo que ha causado efectos ambientales inimaginables, y también una crisis social sin precedentes entre los indígenas que habitan la zona, quienes no pueden pescar ni tomar agua de los ríos, y sufren de enfermedades provocadas por el consumo de animales y plantas contaminadas.

Lamentablemente, estos desastres medioambientales son de vieja data en América Latina y se espera que aumenten y se intensifiquen en el futuro. Por ejemplo, la región del Amazonas –que comparten entre otros Brasil, Colombia Ecuador, Perú y Venezuela– es considerada el “pulmón del planeta” y uno de los reductos que concentran mayor biodiversidad del mundo. Sin embargo, en las últimas décadas el número de especies amenazadas o en peligro extinción va en ascenso debido a la tala indiscriminada para la práctica de ganadería y agricultura intensiva. Se estima que en las últimas décadas se ha perdido cerca de 20 % de la selva y fauna amazónica. De continuar ese ritmo, en 20 años solo quedaría cerca de 45 % del Amazonas.

El 5 de noviembre de 2015, en la mina de hierro de Samarco ubicada en la localidad de Bento Rodrigues, estado de Mina Gerais, al sureste de Brasil, ocurrió el peor desastre ambiental de la historia del país. Ese día, la represa que contenía los desechos de la mina se rompió y cerca de 60 millones de metros cúbicos de agua y fango tóxicos se vertieron sobre el río Doce –que desemboca en el Océano Atlántico–, del que se alimentan grupos indígenas de la región. Adicionalmente, 17 personas murieron durante el derrame y otras 45 personas más desaparecieron en la avalancha de lodo tóxico.

En el Golfo de México, el 22 de abril de 2010, sucedió la pesadilla ambiental más grande en la historia reciente, cuando la plataforma petrolífera Deepwater Horizon de la British Petroleum (BP) explotó, se hundió y se vertieron cerca de 800,000 toneladas de crudo, alrededor de 5 millones de barriles de petróleo. En octubre de 2015, la justicia estadounidense acordó una multa por 20.8 billones de dólares por el hasta ahora mayor derrame petrolero no intencional registrado.

Entonces, ¿cuál sería la causa de que América Latina y una gran parte de los países en desarrollo sufran de desastres ambientales tan severos? Las respuestas son múltiples, pero podría dilucidarse como una mezcla entre los modelos de desarrollo que se han escogido en la región y la ausencia de regulaciones a los sectores que explotan recursos naturales, factores acompañados del mal endémico de la región: la corrupción.

Gran parte de los países de América Latina se han enfocado en explotar de forma indiscriminada los recursos mineros y agrícolas, pero este modelo económico que depende de la exportación de materia prima ha demostrado no ser exitoso en el pasado por varias razones. Primero, los precios de los recursos naturales no son estables en el tiempo. Por ejemplo, el boom económico de la región en la última década fue impulsado por el crecimiento financiero en China, pero una vez que el gigante asiático bajó su demanda, las economías latinoamericanas comenzaron a sufrir. Segundo, debido a que este tipo de recursos, como el petróleo, los minerales o las grandes plantaciones de productos agrícolas no son renovables y generan impactos ambientales, una vez que son explotados ya no hay forma de reponerlos.

No obstante, explotar recursos naturales no debe ser por definición contrario a la protección del entorno. Una de las claves fundamentales para que exista congruencia entre generar empleos y riqueza, y al mismo tiempo prevenir desastres medioambientales, está en la buena regulación y control por parte de las autoridades correspondientes. En el caso de Perú, si bien las multas han sido cuantiosas y las autoridades buscan imponer un precedente para el cuidado del ambiente, este tipo de acciones se aplican una vez que sucede el desastre, pero los desastres ecológicos pueden ser prevenidos, y no solo castigados luego de perpetrarse.

En este punto, las ansias de poder de las autoridades locales, mezclada con los altos niveles de corrupción, dan como resultado la no voluntad expresa de imponer regulaciones y controles para cuidar las condiciones de vida de los pobladores locales y, así mismo, utilizar los recursos sosteniblemente. Por ejemplo, en el departamento de La Guajira, al norte de Colombia, las multinacionales extraen carbón amasando cuantiosas riquezas, pero al mismo tiempo, el departamento cuenta con los niveles de desnutrición infantil más altos del país y la corrupción es rampante a nivel local. Este es un ejemplo de cómo un modelo económico que genera riqueza para unos pocos crea efectos ambientales y sociales con consecuencias en el presente y en el futuro para muchos.

Finalmente, como muestran todos estos casos, los modelos de explotación indiscriminada e irresponsable de recursos naturales generan verdaderos holocaustos medioambientales y sociales que tienen efectos presentes y futuros. En este sentido, es fundamental promover un tipo de desarrollo económico sostenible que no sólo considere los beneficios económicos actuales, sino también la sostenibilidad operativa en el futuro.

Foto: Neil Palmer (CC BY-SA 2.0)

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