Brasil tras la marcha de Dilma

Brasil tras la marcha de Dilma

Ana Stollavagli- “Se ha juzgado la democracia a la vez que a mí. Es muy grave que se vaya a ejecutar un programa de gobierno que no fue elegido en las urnas”. Estas fueron las primeras declaraciones públicas de Dilma Rousseff luego de ser depuesta como presidenta de Brasil. La destitución fue el final de un polémico proceso de juicio político iniciado por una comisión especial de la Cámara de Diputados, que entendió que existían indicios de que Rousseff habría cometido “crímenes de responsabilidad” al maquillar las cuentas fiscales. Esto significa que autorizó el uso de fondos de bancos públicos para solventar sus programas de gobierno, y que habría sido una práctica habitual (y aceptada) de muchas administraciones anteriores.

Pero, según la acusación, ese maquillaje hizo creer que todo estaba bien, cuando en realidad ocultaba un profundo déficit fiscal, e impidió que el Congreso controlara el gasto público, lo que podría constituir una afrenta contra la Constitución.

La sociedad brasileña se ha dividido entre los que minimizaron aquellos actos y creen que fueron la excusa para cometer lo que califican de golpe de Estado, y los que los enarbolan como una de las grandes causas de la crisis política y económica del país.

Algunos analistas creen que a Rousseff se la juzgó y condenó por su segunda gestión presidencial (la primera se extendió entre 2011 y 2014 y fue de un gran crecimiento): con una caída del 3 % del producto bruto interno, un desempleo del 11 % y el incremento de la inflación un 7 %, que ubican a Brasil en la peor recesión de los últimos 80 años.

Corrupción: el origen de todo

Lo que parece indudable es que la corrupción ha hecho estragos en la nación más grande de América del Sur, con un punto culminante que comenzó así:

El 17 de marzo de 2014, la policía allanó una gasolinera de Brasilia con la sospecha de que su dueño era el encargado de lavar dinero ilegal de un exdiputado. Pero la Operación Lava Jato (Lavacoches) ha sido apenas la punta del iceberg, porque no solo ha revelado una red de blanqueo de divisas del tráfico de drogas y diamantes, sino que, tras descubrir que un exconvicto por delitos financieros le había regalado una lujosa camioneta a un directivo de Petrobras —la compañía estatal de petróleo de Brasil—, el escándalo se ha tornado imparable.

Con información aportada por bancos suizos y por acusados arrepentidos para obtener rebajas en sus condenas —que sumadas alcanzarían los mil años—, la justicia ha determinado hasta ahora que, entre 2004 y 2012, la empresa más importante de Brasil perdió, al menos, 1,770 millones de dólares en el pago de sobornos. El dinero giraba entre las compañías con las que firmaba contratos (entre ellas, una poderosa constructora brasileña, con presencia en 28 países), funcionarios del Gobierno y políticos de la mayoría de los partidos.

También hay sospechas de que la campaña de reelección de Dilma Rousseff haya recibido fondos de allí, y de que la propia expresidenta intentara liberar a empresarios involucrados en el escándalo.

Hay quienes presumen, incluso, que Rousseff habría nombrado ministro a su antecesor en la Presidencia, Lula Da Silva, para protegerlo de la imputación de haber recibido (junto a su esposa) favores económicos ilegales, haber intentado comprar silencios y obstruido a la justicia.

Pero mucho antes, cuando Dilma aún era funcionaria del Gobierno de Lula, siguió perteneciendo a la dirección de Petrobras, y en aquella época, por una refinería, se pagó 47 veces lo que se había pagado en la venta anterior, dos años antes.

¿Venganzas y traiciones?

En esta extensa trama de corrupción aparece, además, el expresidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, quien al ser investigado por cobrar sobornos y ocultar cuentas bancarias en el exterior, habría amenazado al PT (el Partido de los Trabajadores) con activar la denuncia que sacaría a Dilma del Gobierno. El PT no lo “salvó” en el Congreso, y el Supremo Tribunal de Justicia terminó suspendiéndolo. Es por eso que Rousseff asegura que fue víctima de la venganza de Cunha, actualmente el político más impopular de Brasil.

Otro personaje fundamental en la salida de Dilma parece ser su exvicepresidente, que acaba de jurarse como titular del Poder Ejecutivo. Michel Temer, del centrista y mayoritario PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), había acompañado en la fórmula a la candidata del PT, que en 2011 obtuvo el 56 % de los votos en segunda vuelta. Pero en marzo de este año, a raíz de las sospechas de corrupción sobre Rousseff y Lula, el PMDB rompió la alianza y apoyó el pedido de juicio político.

La presidenta depuesta lo ha acusado de traidor.

¿Es el fin de Dilma?

El miércoles 31 de agosto, el Senado votó la destitución de la primera mujer en llegar a la Presidencia de Brasil, y lo hizo por 61 votos a favor y 20 en contra.

Pero eso, estiman algunos analistas, no significa, necesariamente, el fin de la carrera política de Dilma, ya que solo está inhabilitada para ser presidenta, pero no para ejercer otros cargos públicos.

Es posible que Rousseff crea que su caída ha sido producto del escándalo Petrobras, ya que ha citado la grabación de una conversación telefónica entre un empresario y un senador en la que “se insinuaba la necesidad de echarla para detener la sangría”, es decir, para frenar las acusaciones que se extienden sobre el arco político y empresarial.

De todos modos, en el mayor caso de corrupción de la era democrática brasileña, los cuatro expresidentes de la Nación están presuntamente implicados (con ella son dos los que han sido destituidos), y todos han seguido su carrera pública. Incluso Michel Temer también aparece comprometido ahora en el caso Petrobras.

La historia de Dilma

Dilma Vana da Silva Rousseff ha sido militante comunista y optó por la lucha armada en sus años de estudiante de Economía. Estuvo detenida durante el último régimen militar y, aun antes de llegar a la máxima jefatura de su país, como funcionaria de Energía, impulsó medidas populares, como la universalización del acceso a la luz eléctrica.

Cuando el fefe de Gabinete de Lula fue desplazado por pagar sobornos (llamados mensualidades), para que los legisladores aprobaran decisiones de gobierno de corte social, Dilma fue llamada para ese puesto.

El Gobierno de Rousseff ha continuado el modelo de Estado fuerte con medidas inclusivas para las clases más bajas, gracias al cual 40 millones de personas salieron de la pobreza estructural. Sin embargo, la crisis hoy alcanza a la industria y a la clase media, donde las denuncias de desfalcos tienen un fuerte impacto.

Dilma Rousseff ha apelado la decisión del Senado ante el Supremo Tribunal de Justicia. Y en la justicia también se decidirá el futuro de cientos de empresarios y políticos presuntamente corruptos. ¿Será Dilma parte de ese entramado? En su despedida, poco antes de dejar el palacio presidencial para empezar a dar batalla contra el ajuste, afirmó: “Nunca permití la corrupción, nunca recibí sobornos y no tengo cuentas en el exterior”.

Foto: Wilson Dias, Agência Brasil

 

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