Comida a la basura

Comida a la basura

Ana Stollavagli- Esta nota comienza con el relato de una experiencia personal. Hace pocos días fui a a comprar donas, cuyos sabores no estaban identificados en el mostrador. Para verificarlos, el empleado que me atendió las tomaba con guantes, las miraba de cerca y las desechaba, al tiempo que me contestaba. De este modo, me vendió una docena y tiró dos a la basura. Me he preguntado, a propósito de aquello, cuántas donas se estarían desperdiciando por día. La respuesta empecé a encontrarla en Rob Greenfield, un licenciado en ciencias de 29 años, nacido en Ashland, Wisconsin. “Me he sumergido en más de 2,000 contenedores de basura de 25 estados del país. He obtenido miles de dólares en comida en perfectas condiciones. La mayor parte la he regalado y he vivido exclusivamente de esos alimentos”, afirma el promotor de la campaña Food Waste Fiasco (Fiasco del Desperdicio de Comida), movilizado por la “inseguridad alimentaria” que sufren 50 millones de habitantes de Estados Unidos.

Hace algunas semanas, durante dos noches, él y otros activistas han revisado recipientes de residuos de doce tiendas en Raleigh, Carolina del Norte, recolectando en diez horas 2,000 dólares en alimentos.

Esa comida la han exhibido en la universidad estatal para invitar a los transeúntes a tomarla sin miedo, y muchos lo han hecho.

Hambre y derroche

La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) estima que mil millones de personas sufren hambre en el mundo, lo que significa casi una séptima parte de la población total de 7,347 millones de habitantes. Y que casi un tercio de la producción total de alimentos se estropea o desperdicia antes de ser consumido, lo que equivale a 1,300 millones de toneladas anuales de comida que van a la basura.

La organización promueve campañas para reducir la pérdida accidental e intencional de esos víveres, entendiendo no solo el costo económico, sino también el social y el ambiental.

Se pierde mano de obra, agua, energía, tierra e insumos. Se tira comida mientras hay millones de personas que sufren hambre. Los alimentos que van a la basura no son abono, porque en los vertederos no hay luz ni aire, sino que al descomponerse, producen gases que contribuyen al calentamiento global.

La FAO diferencia entre la pérdida y el desperdicio de comida. La primera ocurre desde el inicio de la producción hasta la venta minorista, y se debe a problemas de recolección, almacenamiento, embalaje y transporte; además puede ser causado por variaciones de precio y a las reglamentaciones propias de cada país respecto de la comercialización de alimentos. Un ejemplo sería la pérdida de bananas que se caen del camión que las transporta.

El desperdicio, en tanto, se produce cuando los alimentos se estropean o son descartados por el comercio minorista o los consumidores: productos vencidos, mal etiquetados, mal almacenados o cocinados inadecuadamente. Siguiendo el ejemplo anterior, serían las bananas que una tienda tira porque ya tienen manchas marrones.

Las estadísticas de la FAO señalan que Estados Unidos y Oceanía se ubican entre el segundo y el sexto lugar de la producción mundial de cereales, carnes, legumbres, lácteos, pescados, frutas y hortalizas, pero son los primeros en el desperdicio de alimentos.

Aquí hay una producción anual per cápita de 900 kilos de comida, y un descarte de 290 kilos por persona en el mismo periodo (casi dos tercios en la producción y un tercio en el consumo).

¿Derrochan ricos y pobres?

En los países industrializados como Estados Unidos suelen tirarse alimentos cuando la producción excede a la demanda (por ejemplo, cuando los agricultores siembran de más por temor al mal clima o a las plagas). Una parte de la cosecha “extra” se vende a procesadores de alimentos o como comida para animales, y el resto se descarta. Lisa Johnson ha declarado a la publicación News & Observer de Raleigh, Carolina del Norte que para hacer su doctorado en Ciencias Hortícolas en la Universidad de Carolina del Norte, entrevistó a varios agricultores, quienes reconocieron que durante la baja estacional de precios prefieren perder sus cultivos, lo que equivale a prescindir de 30,000 raciones de comida saludable.

Pérdidas como estas se evitarían –según la FAO– mejorando la comunicación y la cooperación entre productores, diversificando la producción entre ellos y acercándoles puntos de venta.

El desperdicio de alimentos también se da por seguir estándares estéticos. La FAO cita el libro Despilfarro. El escándalo global de la comida, en el que se establece que una cadena de tiendas británica tira hasta el 30 % de las zanahorias porque están torcidas, manchadas o presentan fisuras. La organización sugiere hacer encuestas entre los consumidores, que ya han señalado que el aspecto exterior de los alimentos, en general, no les molesta, en tanto no se altere su sabor.

En los países menos desarrollados, por su parte, la mejora de caminos, del transporte y de los mercados de abasto evitaría las pérdidas de alimentos. La presencia de toxinas de origen natural, el uso de pesticidas no aprobados, la existencia de residuos de medicamentos veterinarios y el quiebre de la cadena de frío contribuye al desecho de productos alimenticios allí donde son más necesarios.

Empezando por casa

La FAO y las iniciativas que buscan crear conciencia sobre estas cuestiones también dan algunos consejos para los consumidores.

-Comprar según las necesidades diarias.

-Reutilizar la comida del día anterior (hay recetas, incluso, de grandes chefs, con propuestas apetitosas).

-Aprender a leer las etiquetas de los alimentos (si dicen “consumir preferentemente antes de” determinada fecha significa que aun pasado cierto tiempo siguen siendo aptos y sin riesgo para la salud).

-Servirse porciones acordes al apetito (los bufés y hoteles de todo incluido tienden a incitar a la gente a llenar sus platos de comida que no consumirán y que terminará desechándose).

-Donar lo que no se va a consumir a bancos de alimentos, refugios y otras instituciones.

Son pequeñas acciones que podemos hacer en casa para acompañar las campañas de sensibilización pública en las escuelas y los medios de comunicación, e incluso leyes como las recientemente sancionadas en Francia e Italia para mitigar el desperdicio de comida.

Niños sin donas

En 2014, en Estados Unidos había 37,716 supermercados que al año venden, al menos, dos millones de dólares. Ahora, es posible imaginar cuánta comida echan a la basura mientras tanta gente no tiene cómo matar el hambre.

Según el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano, son 565,000 personas las que carecen de hogar y duermen en calles o automóviles. Una cuarta parte de ellas son menores de 18 años y tal vez no sepan qué sabor tienen las donas.

Foto: Petrr (CC BY 2.0)

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