Un plan de mediano y largo plazo para solucionar la crisis en América Central

Un plan de mediano y largo plazo para solucionar la crisis en América Central

David Guzmán Fonseca- La migración hacia Estados Unidos ha disminuido en comparación con la alcanzada en 2014, año en que según el Departamento de Seguridad Nacional, cerca de 70,000 niños y jóvenes no acompañados cruzaron la frontera, gran parte de ellos provenientes de países de América Central, en especial de Honduras, El Salvador y Guatemala, región conocida como el Triángulo del Norte. A pesar de esta disminución, los problemas y las causas que crearon la crisis de refugiados aún persisten. El Triángulo del Norte se caracteriza por sus preocupantes niveles de pobreza, violencia e inseguridad. De acuerdo con datos de autoridades salvadoreñas, la tasa de homicidios fue en 2015 de 104 por cada 100,000 habitantes, la más alta del mundo. En el caso de Honduras, el Observatorio Nacional de Violencia observó que la misma tasa se fijó en 60 por cada 100,000 hondureños. Por su parte, la Policía Nacional Civil de Guatemala reportó que en 2015 la tasa de homicidios se ubicó en 30 por cada 100,000 habitantes. De América Latina, estos tres países se ubicaron entre los cinco más violentos —El Salvador en primer lugar, Honduras en el tercero y Guatemala en el quinto—. Pero para poner en mejor perspectiva la peligrosidad que caracteriza a la zona, resulta útil compararla con la de otros países latinoamericanos. Por ejemplo, Chile tiene una tasa de homicidios de 3 por cada 100,000 habitantes, Perú reportó 7 homicidios por cada 100,000 habitantes y México tuvo una tasa de 13 por cada 100,000 habitantes.

Sin lugar a dudas, la falta de oportunidades y la inseguridad son factores determinantes en las migraciones masivas de familias y niños centroamericanos hacia Estados Unidos. En la medida en que estos factores persistan, resultará más difícil solucionar la crisis de refugiados en la región. Más allá del esfuerzo particular de estos países para resolver sus problemas institucionales y estructurales, es necesario que la comunidad internacional entienda la necesidad de abogar por una región interamericana equilibrada y sana como garante de la paz.

Por ejemplo, es innegable que los países del Triángulo del Norte constituyen una escala en el negocio de los narcóticos, como también es incuestionable que en los países de América Latina se produce, procesa y trafica gran parte de la droga que se demanda en las calles estadounidenses. Para erradicar esta problemática, es imperante la acción conjunta y ordenada de todos aquellos implicados y afectados por los elementos de perturbación social derivados del Triángulo del Norte.

En el mediano plazo, es necesario que Estados Unidos y demás países vecinos, entre ellos México y Costa Rica, mejoren los procesos para reubicar y ayudar a los niños y familias que sufren por la violencia, partiendo del hecho de que estos niños y sus familias no son solo inmigrantes, sino refugiados. Algunas iniciativas al respecto parecen estar en marcha: a finales del pasado julio, el Gobierno de Estados Unidos anunció que ampliaría y flexibilizaría el programa de acogida para refugiados de estos tres países. Por un lado, informó que la petición de asilo podía hacerse desde el país de origen –antes debía hacerse desde territorio estadounidense–. Por otro lado, admitió la posibilidad de que las personas consideradas como más vulnerables pudieran ser trasladadas a Costa Rica mientras el Gobierno estadounidense decidía sobre la solicitud de asilo.

Igualmente, el papel que juega la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados debe ser respaldado por los países de la región, sobre todo en lo tocante a la asistencia de la población vulnerable, al igual que en el proceso de aplicación, filtración y selección de candidatos que califiquen al asilo en Estados Unidos. Finalmente, el rol de las ONG y otros tipos de organizaciones internacionales es fundamental para lograr el consenso sobre la necesidad de reformar las instituciones políticas, económicas y judiciales de cada uno de estos países.

En el largo plazo, la reforma institucional es el primer paso para promover el desarrollo social, político y económico de los ciudadanos de la región. Adicionalmente, las naciones del continente deben concertar políticas en la lucha contra el narcotráfico. En particular, Estados Unidos debe percatarse del efecto que tienen las estrategias de lucha contra el tráfico y consumo de drogas ilícitas a lo interno, puesto que muchas veces solo se limitan a la deportación de criminales centroamericanos hacia sus países de origen, donde regresan a formar nuevas redes criminales –por ejemplo, La Mara y Barrio 18– y a enfrentarse, fortalecidos, a cuerpos policiales débiles y corruptos. Con este tipo de acciones, lo único que se ha logrado es trasladar la violencia al Triángulo del Norte.

El que los países de ese triángulo de violencia y miseria puedan solucionar sus problemas, y con ello la crisis de refugiados que aún no termina, depende entonces de que los países de la región, en particular Estados Unidos, entiendan el papel que han jugado en el fomento de esa lamentable problemática, así como los beneficios que traerá para todos el incentivar la reformulación de las actuales instituciones en otras más transparentes y efectivas.

Foto: David Ludwig (CC BY-SA 2.0)

 

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