¿Donald Trump está “perdido”?

¿Donald Trump está “perdido”?

Ana Stollavagli- El 11 de agosto, por primera vez, Donald Trump habló de sus planes en caso de ser derrotado en las elecciones. En las últimas semanas, volvió a sorprender con un discurso virulento, lo que ha llevado a algunos analistas a creer que estaría saboteando su propia campaña. Gane o pierda, podría haber un cisma en el Partido Republicano y un cambio impredecible en Estados Unidos. No fue suficiente con prometer que, en caso de ser presidente, prohibiría la entrada de musulmanes a territorio estadounidense por considerarlos sospechosos de terrorismo, ni tampoco echar de un mitin a una joven de esa religión que le llevaba un mensaje de paz.

Cuando el padre de un soldado seguidor del Islam caído en Irak defendiendo a Estados Unidos le recordó los principios constitucionales de libertad e igualdad, Donald Trump contestó que el discurso parecía escrito para la campaña de Hillary Clinton y especuló que a la madre del joven no se le había permitido hablar por su credo. Pero la madre, Ghazala Kahn, no pudo pronunciar palabra —lo dijo después— porque aún no ha sido capaz de sobreponerse a la pérdida de su hijo.

El hombre de “alma negra", como el atribulado padre llamó entonces al candidato republicano, volvió a superarse a sí mismo en varios aspectos sensibles: ya había justificado el acoso sexual en las Fuerzas Armadas; se había preguntado cómo su rival demócrata satisfaría al país si no podía lograrlo con su marido; probablemente había sugerido que una periodista pasaba por su ciclo menstrual durante un debate en el que había salido mal parado y, mucho tiempo atrás, había calificado de “repugnante” a una abogada que tuvo que amamantar a su niño durante un juicio. Recientemente, en un acto político, el magnate mostró su molestia por el llanto del bebé de una de sus seguidoras mientras él hablaba sobre la relación económica con China. Fue entonces cuando algunos analistas políticos empezaron a preguntarse si Donald Trump realmente quería llegar a la Casa Blanca.

Un mito urbano sostiene que el empresario es amigo de los Clinton y que todo lo que hace es para beneficiar a la exsecretaria de Estado; sin embargo, hay quienes encuentran razones de peso para creer que está boicoteando su propia campaña.

Deportar a todos los inmigrantes indocumentados y levantar un muro en la frontera con México para evitar que ingresen al país fueron otras de las promesas que provocaron tanto espanto como aplausos. Trump tuvo éxito entre los que creen —o están dispuestos a hacerlo— que los salarios no aumentan y culpan de la falta de trabajo a los llegados de otros países. Y tuvo éxito porque apeló al miedo. El miedo a perderlo todo por los avatares de la economía o del terrorismo. Con su diatriba, pudo convencer a buena parte del electorado de que dice lo que piensa y tiene agallas para cumplirlo.

No en balde, con pocos meses en la escena política, obtuvo 14 millones de votos en las primarias y arrasó con 16 precandidatos formados en el sistema.

El Partido Republicano había invertido años y fortuna tratando de captar a las minorías desde que Barack Obama llegó a la presidencia con el respaldo del 80% que aportó ese sector de la población estadounidense.

Y aunque Trump logró consenso entre algunas mujeres y algunos hispanos, sus últimas intervenciones públicas terminaron por restarle adeptos entre esos grupos, así como entre homosexuales, afroamericanos, militares y veteranos de guerra, y personas con discapacidad (recuérdese cuando el candidato, burlonamente, imitó la voz y los movimientos involuntarios de un reportero que sufre artrogriposis, y también cuando aseguró que el 70% de los periodistas son deshonestos).

Según la revista conservadora National Review, Donald Trump se restó 30 millones de potenciales votantes, y esto lo ubicaría a más de siete puntos por debajo de su rival demócrata. Otras estimaciones indican que es el primer candidato en la historia de Estados Unidos que pierde intención de voto después de ser nominado en la convención de su partido.

La pregunta del millón es qué pasará con los republicanos a la hora de emitir su voto: habrá quienes elijan al polémico candidato por convicción; quienes lo hagan, aun sin apoyarlo; quienes promuevan la libertad de optar, incluso por la oposición, y quienes se decidan abiertamente por Hillary Clinton.

Qué pasará con el Partido Republicano una vez conocido el resultado también es una pregunta que abre múltiples escenarios posibles.

Algunos análisis políticos concluyen que, si Trump pierde, el movimiento conservador sufrirá un cisma germinado en el momento mismo en que el empresario inmobiliario empezó a hacer campaña como precandidato.

Y él mismo, como elemento independiente de oposición —creen—, podría llegar a límites insospechados. Sus declaraciones acerca de que si Hillary Clinton triunfa y combate el uso de armas “tal vez los de la Segunda Enmienda puedan hacer algo” fueron interpretadas como una amenaza de muerte a la demócrata, y hasta como un llamado a la rebelión civil armada. (La Segunda Enmienda de la Constitución estadounidense es el derecho a poseer armas.)

Y no quedó ahí, porque afirmó y reafirmó que el presidente Obama es el fundador de ISIS, si bien después en un tuit afirmó, todo en mayúsculas, que no se había entendido su sarcasmo.

En cambio, algunos de los que críticamente vislumbran a un Trump ganador afirman que el magnate “destruiría” todo para hacerlo de nuevo a su manera, y lo comparan, incluso, con dictadores y líderes populistas latinoamericanos.

Sin embargo, Roger Stone, asesor del candidato, entiende que “cada presidente republicano exitoso, desde Lincoln hasta Reagan, rehízo el partido a su imagen”, y que con Trump presidente, el nuevo conservadurismo será la fuerza de “la clase media trabajadora” y no la del “club de campo”.

El partido, no obstante, defenderá también su mayoría en el Senado y la Cámara Baja, y promete controlar exhaustivamente las acciones de gobierno.

En la línea de la hipótesis de “la destrucción” a manos de Trump, otros análisis llevan su vaticinio más lejos en el tiempo e indican que su sucesor podría ser alguien que aprenda de los eventuales errores del empresario, pero menos temperamental: desde su hijo, hasta un líder supremacista blanco.

Cualquier presunción política, sin embargo, no es más que eso: una presunción. El hombre que asegura ser el único capaz de salvar América, también dijo alguna vez que podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York y aun así no perder votos.

En Virginia se hizo fotos sonriendo con pequeños en brazos, hasta que se enfrentó al mentado llanto de un niño durante su alocución: primero, le dijo a la mamá: “No te preocupes por el bebé, yo amo a los bebés, lo oigo llorar y me encanta”; pero cuando el berrinche continuó, los expulsó y agregó: “¿Realmente creíste que me gusta oír a bebés llorar mientras estoy hablando? La gente no entiende. Está bien”. Era la oportunidad para mostrar su cariz humano como político, pero tal vez no le importó aprovecharla, sino tan solo hacer gala de la fanfarronería que suele mostrar.

Las otras preguntas son para los semiólogos y especialistas en analizar discursos. Muchos de ellos encuentran en el alegato del candidato la prédica de un narcisista que no habla con oraciones, sino con golpes de palabras, atribuibles a la teoría del caos: ¿Donald Trump dice la verdad? ¿Donald Trump quiere, realmente, ser el próximo presidente de Estados Unidos? En las últimas horas, ha hablado por primera vez de una eventual derrota y de lo que haría entonces: “Me tomaría unas largas vacaciones”.

Foto: Mark Taylor (CC BY 2.0)

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