El legado de Berta Cáceres, activista indígena asesinada por su lucha

El legado de Berta Cáceres, activista indígena asesinada por su lucha

Mario Vallejo- La líder indígena del pueblo lenca Berta Cáceres, ganadora del premio Medioambiental Goldman en 2015, fue asesinada el 3 de marzo en su vivienda en La Esperanza, Intibucá, en Honduras, y todo apunta a que el motivo fue precisamente su lucha en contra de las obras que dañan el medioambiente y al pueblo indígena. Durante más de dos décadas, Berta Cáceres luchó de manera activa en contra de organismos locales e internacionales que proponían proyectos de minería y de producción de energía eléctrica que, evidentemente, dañarían el ambiente y dejarían sin hogar a muchos indígenas. La activista no dejó nunca de abogar por estos pueblos pese a las adversidades, las fuertes amenazas que recibían ella y su familia, e incluso los asesinatos de personas cercanas a ella que compartían su lucha.

En el momento de su muerte, Cáceres se hallaba inmersa en la defensa del río Gualcarque, en el departamento hondureño de Santa Bárbara, en el que la empresa Desarrollos Energéticos S.A. (DESA), con la inversión de varias empresas transnacionales, lleva muchos años intentando construir una represa hidroeléctrica que dejaría sin agua a muchas familias lencas que se abastecen del río y lo consideran además sagrado. Fue esa lucha la que en 2015 la hizo acreedora del premio Goldman (tres años antes, había ganado el premio Shalom —entregado en Alemania cada año— todo gracias a su apoyo y protección de los derechos humanos y el medioambiente).

Sobre la represa, en realidad una serie de cuatro represas conocidas conjuntamente como Agua Zarca, la activista dijo en su momento: “Hubiera significado desplazamientos y hubiera impedido a la comunidad desarrollar sus actividades agrícolas. No solo se privatiza el río, sino varios kilómetros a la redonda (...) El río deja de ser de las comunidades y pasa a manos privadas”.

En la madrugada del 3 de marzo, dos individuos ingresaron al hogar de Cáceres mientras se encontraba acompañada de un colega de origen mexicano, Gustavo Castro, quien fue lesionado en el ataque y actualmente se encuentra detenido para evitar su marcha a México dada su condición de testigo. Los individuos dispararon en repetidas ocasiones, acabando con la vida de Berta y levantando una gran cantidad de preguntas.

Siendo el único testigo presente en el momento de la muerte de Cáceres, Castro aseguró en una carta abierta al diario hondureño El Heraldo que temía por su vida: “Los sicarios ya saben que no morí, y seguro estarán dispuestos a cumplir con su tarea”. Castro añadió, además, que el escenario del asesinato fue “modificado”.

En Honduras se habla mucho de personajes del medio político local que podrían estar involucrados en el crimen. Pese a que tenía orden de protección, la policía nacional se defiende asegurando que Cáceres no notificó su cambio de domicilio ante las autoridades y no se pudo hacer nada para evitar el asesinato. Por su parte, el presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, ha calificado el ataque como “un crimen contra Honduras y un golpe contra el pueblo hondureño”, y asegura que las investigaciones (en las que incluso el Gobierno estadounidense ha puesto a disposición del Gobierno hondureño al FBI) seguirán hasta dar un final debido a este crimen que ha impactado al mundo entero. Sin embargo, en un país donde, según la ONG hondureña ACI­PARTICIPA (Asociación para una Ciudadanía Participativa), más del 90% de los crímenes violentos contra los defensores de los derechos humanos siguen sin resolverse, muchos dudan de que el caso de Berta pueda ser una excepción.

La lucha de la activista no se limitó al río Gualcarque, sino que era un compromiso para proteger todos los ríos, los territorios, la cultura y la soberanía de Honduras, amenazada por manos extranjeras. En el 2013 luchó contra Estados Unidos y sus intenciones de construir la base militar más grande en América Latina en lo que llamó “un proyecto de dominación y colonización con el propósito de saquear los recursos de los bienes comunes de la naturaleza en la nación centroamericana”.

Ese mismo año se ganó la batalla más importante y la que le ha dado a Berta Cáceres un espacio a nivel mundial: la empresa china Sinohydro concluyó su contrato de trabajo con DESA gracias a las presiones por parte de la resistencia comunitaria, mientras la Corporación Financiera Internacional retiró su financiamiento por abusos contra los derechos humanos. Los defensores del pueblo lenca, como los Amigos de la Tierra, presionan también a la compañía alemana Voith Hydro para que deje de apoyar el proyecto.

Berta Cáceres deja un legado y una gran lucha por delante, y deja sobre todo el mensaje de que los pueblos indígenas poseen la fuerza necesaria para efectuar el cambio: “A pesar de 522 años de lucha, de opresión, de esclavitud, de exterminio, existir hoy como pueblos quiere decir haber demostrado la fuerza que tenemos”, declaró en el sitio de web de la organización activista indígena Sol de Paz Pachakuti.

Antes del sepelio de Cáceres el 5 de marzo, frente a miles de personas que acudieron a honrarla, su madre, Austra Berta Flores, quien enseñó a su hija a luchar por la justicia, hizo un llamamiento a las autoridades a no dejar que la activista sea una víctima más de un crimen no resuelto: “Que este crimen horrendo no quede en la impunidad, que este Gobierno sea presionado internacionalmente y se averigüe, y no nos salgan que son gatos, que se castigue a los verdaderos responsables, a los que son el cerebro de este asesinato”.

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