La mara Salvatrucha: el círculo vicioso de la violencia en América Central

La mara Salvatrucha: el círculo vicioso de la violencia en América Central

David Guzmán Fonseca- La MS-13 o mara Salvatrucha surgió en la ciudad de Los Ángeles, California, en la década de los ochenta, en medio del éxodo masivo de salvadoreños hacia los Estados Unidos. Esta emigración fue el resultado del conflicto interno que sufrió El Salvador entre 1979-1992, y que enfrentó a grupos guerrilleros de izquierda y al Gobierno del país. La MS-13 comenzó como un grupo de jóvenes que buscaban defenderse, a sí mismos y a sus familias, de la discriminación y los ataques de otros grupos que ejercían control sobre las zonas de Los Ángeles donde habitaban. Sin embargo, con el paso del tiempo, estos grupos de autodefensa fueron transformando su naturaleza, cayendo en actividades delictivas y convirtiéndose en una de las pandillas más peligrosas de Estados Unidos.

Pero la influencia de esta pandilla no solo afecta al área de la ciudad de Los Ángeles, sino que se ha extendido a 33 estados de la Unión y a seis países, en particular lo que se conoce como el Triángulo del Norte (El Salvador, Guatemala y Honduras).

En un principio, la estrategia de las autoridades de Estados Unidos para enfrentar el creciente poder del MS-13 fue encerrar a sus miembros. Pero apenas se percataron de que los centros de reclusión se estaban convirtiendo en centros de educación para los jóvenes criminales, decidieron optar por una nueva estrategia: la deportación.

De este modo, los miembros de la pandilla llegaron a América Central producto de esas deportaciones masivas; y allí, terminaron restableciendo su antigua escuadra delictiva, e incluso subdividiéndose en nuevos grupos violentos, como consecuencia de la débil institucionalidad local y de las condiciones socioeconómicas y políticas que ya imperaban en estas naciones.

Gran parte de los países centroamericanos han pasado por largos periodos de inestabilidad política y social, acompañados por condiciones económicas que no generan posibilidades para una gran parte de la población.

El conflicto en El Salvador (1979-1992) dejó cerca de 75,000 muertos; la guerra civil en Guatemala (1960-1996), cerca de 200,000, y aunque Honduras no vivió una confrontación armada, sufre las consecuencias de la violencia interna, así como los efectos políticos del golpe de Estado en contra del presidente Manuel Zelaya en 2009. Todos estos países tienen una larga historia de violencia y de Gobiernos que no desarrollan mecanismos para incluir a sus ciudadanos.

El caso de El Salvador es, tal vez, uno de los ejemplos más evidentes de los efectos que han tenido años de conflictos, desigualdad, débil institucionalidad y ausencia de oportunidades. La guerra dejó un país dividido y con unas instituciones sumamente débiles que no tienen la suficiente solidez para enfrentar las amenazas de una organización tan violenta y poderosa como el MS-13.

En 2015, El Salvador tuvo la tasa de homicidios más alta del mundo, con 105 asesinatos por cada 100,000 habitantes —Estados Unidos tiene una tasa de homicidios de cuatro por cada 100,000 habitantes—. Por sí solo este dato es sumamente preocupante, pero lo es aún más si se considera que las mayores tasas de homicidios tienden a concentrarse en ciertas zonas y regiones del país, que normalmente resultan ser las más pobres.

Por su parte, los Gobiernos de El Salvador y otros países de la región han hecho frente a la crisis fomentada por estos nuevos grupos en función de sus capacidades, aunque en muchos casos con políticas de mano dura, que ha llevado a ejecuciones extrajudiciales y violaciones de los derechos humanos.

Igualmente, el incremento de la violencia llevó al Gobierno salvadoreño a concertar una tregua en marzo de 2012 entre las maras y la agrupación Barrio-18 (también originada en Los Ángeles, pero compuesta en un comienzo mayoritariamente por mexicanos). En este acuerdo, ambas agrupaciones se comprometían a reducir la violencia a cambio de que el Gobierno mejorara las condiciones carcelarias de sus miembros en prisión.

Aunque en un principio la estrategia fue un éxito —se consiguió reducir los homicidios—, muchos expertos aseguran que el acuerdo permitió que dichas agrupaciones se fortalecieran aún más, sin reducir otros tipos de violencia. Una vez llegó a su fin el cese del acuerdo, la violencia no retornó a sus niveles anteriores, de hecho, los superó —la tasa de homicidios pasó de 43.7 en 2013 a 105 por cada 100,000 habitantes en 2015—.

Si bien el crimen en el Triángulo del Norte ha respondido a factores internos, como la desigualdad, violencia e instituciones débiles y corruptas, también ha sido impulsado por factores externos que convirtieron esta situación problemática en algo caótico.

Por un lado, las estrategias de lucha contra las drogas en varios países de América Latina y el Caribe han cambiado las rutas para el tráfico de estupefacientes hacia los Estados Unidos, lo que ha generado una serie de ingresos e incentivos para que las pandillas se involucren en ese ilícito negocio. Pero además, el creciente protagonismo de los carteles mexicanos en la comercialización e ingreso de droga a Estados Unidos ha creado nuevos aliados y socios negativos en la región, lo que ha recrudecido la violencia en toda América Central, obligando, en consecuencia, al aporte de mayores ingresos para las luchas entre pandillas.

Todo esto ha llevado a que las maras ya no solo estén envueltas en luchas territoriales, sino que también se hayan involucrado en el tráfico de personas y armas, secuestros, extorsión e incluso en el narcotráfico. Asimismo, las deportaciones masivas por parte de Estados Unidos han creado conexiones criminales entre los que se han ido y los que aún quedan en la tierra del tío Sam.

Más allá de los terribles efectos sociales y las miles de familias afectadas que ha dejado el fortalecimiento de las maras en Centroamérica, es ineludible considerar además la dificultad que existe al tratar de luchar contra los problemas que estas pandillas provocan en toda la región.

Para empezar, al encarcelar a jóvenes pandilleros se los termina convirtiendo en mayores criminales, debido a la relación que establecen con otros miembros de mayor experiencia. Adicionalmente, su sistema de reclutamiento, que ahora también incluye a niños en escuelas primarias y secundarias, hace aún más importante los planes de prevención.

Igualmente, la estrategia norteamericana de deportar a sus miembros lo único que ha conseguido es el traslado de ese fenómeno a otros países, facilitando en este caso la formación y fortalecimiento de redes delictivas transnacionales.

Así, el drama por el que está pasando gran parte de los países de América Central ha dado pie a un ciclo vicioso, en el que las estrategias aplicadas por estos países y por Estados Unidos no crean una salida. Mientras no se ofrezcan oportunidades a la población y las instituciones locales no se fortalezcan, millones de personas seguirán inmigrando a Estados Unidos, donde probablemente vivirán los mismos maltratos que en un principio generaron el surgimiento de este tipo de pandillas. Lamentablemente, para muchos en la región del Triángulo del Norte no es posible escapar de la violencia.

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