A cinco años de la Primavera Árabe, cientos aún desaparecen en Egipto

A cinco años de la Primavera Árabe, cientos aún desaparecen en Egipto

David Guzmán Fonseca- El 17 de diciembre de 2010, en una plaza de la pequeña ciudad de Sidi Bouzid en Túnez, al norte de África, el joven desempleado y vendedor ambulante de 26 años, Mohamed Bouazizi, se inmoló en contra del Gobierno de Zine Abidine Ben Ali, quien derrocó al Gobierno de Habib Burguiba y fue presidente de Túnez desde 1987. El Gobierno de Ben Ali se caracterizó por una tendencia autoritaria y altos niveles de desigualdad y desempleo en el país (alrededor de 40% de la población vivía bajo la línea de pobreza). Aquel 17 de diciembre, Bouazizi se prendió fuego para mostrar su desacuerdo ante la falta de oportunidades, los altos impuestos a las ventas ambulantes y los pagos a funcionarios corruptos.

Las repercusiones de dicho acto traspasaron los límites de la pequeña población de Sidi Bouzid, y como resultado, miles de personas se sublevaron en todo Túnez, provocando que el presidente Ben Ali se viera obligado a abandonar su cargo el 14 de enero de 2011, tras 23 años en el poder.

Aún más, la muerte de ese joven desempleado tunecino tuvo no solo implicaciones nacionales, sino también internacionales, pues tras la huida del presidente Ben Ali, poblaciones de varios países del norte de África y el Medio Oriente comenzaron a sublevarse en contra de sus propios Gobiernos autoritarios.

Durante lo que se denominó la Primavera Árabe, los pueblos de Egipto, Libia, Siria, Yemen y Argelia se rebelaron en contra de regímenes que llevaban décadas en el poder y que se habían caracterizado por no otorgar los derechos políticos, económicos y sociales básicos a sus ciudadanos. Sin embargo, lo que ha quedado de la Primavera Árabe no ha sido ni tan uniforme ni tan positivo como se esperaba inicialmente.

Túnez es uno de los casos más exitosos de cambio democrático en el mundo árabe. Los años que siguieron a la huida de Ben Ali de Túnez desembocaron en un ambiente político complicado, en el que la ausencia de una opción viable tras una larga dictadura llevó al caos. No obstante, en 2013 se instituyó un grupo compuesto por asociaciones defensoras de los derechos humanos, sindicatos de trabajadores y juristas que buscaban impulsar el diálogo entre los diferentes partidos políticos.

El Cuarteto Nacional de Túnez, como se le llamó a este grupo de cuatro personas, ha tenido un papel fundamental en el relativo éxito de las revueltas en Túnez, al conseguir instaurar un Gobierno tecnócrata en 2014, que aprobó la primera constitución democrática en la historia del país, labor que les mereció el Premio Nobel de la Paz en el año 2015.

Egipto, por su lado, es un caso en el que las luchas populares y los cambios políticos no han conducido hacia un futuro prometedor. Después de la salida del presidente egipcio Hosni Mubarak en 2011, la junta militar formuló una nueva constitución y se hizo un llamado a elecciones presidenciales, de las que resultó elegido el líder de la Hermandad Musulmana, Mohamed Morsi; pero un año después fue retirado de su posición y encarcelado tras un golpe de Estado que promovieron las Fuerzas Armadas. Luego los militares eligieron un presidente interino, hasta que finalmente se efectuaron las elecciones.

En los comicios de mayo de 2014, el militar Abdel Fattah el-Sisi, quien era ministro de Defensa e instaló el Gobierno interino, fue escogido como presidente de Egipto con 93% de los votos, aunque con amplios cuestionamientos sobre la transparencia y legitimidad del proceso.

Desde el comienzo de su mandato, no han cesado las acusaciones sobre violaciones a los derechos humanos, así como de represión a grupos de la oposición. De acuerdo con un informe publicado en julio de 2015 por la organización Human Rights Watch, las detenciones y desapariciones ilegales de opositores y periodistas se han convertido en un instrumento utilizado con frecuencia por las fuerzas estatales.

En diciembre de 2015, la Comisión Egipcia para los Derechos y Libertades (ECRF por sus siglas en inglés) reportó que tan solo entre agosto y noviembre de 2015 se habían documentado 340 casos de desapariciones forzadas, a una tasa de tres casos por día. Bajo esta modalidad de retenciones, no se respeta el derecho de las personas a defenderse, ni se les acusa de nada (más allá de ser parte de la Hermandad Musulmana), sino que las llevan a centros secretos de retención donde son torturadas. A veces aparecen después de varios meses, pero muchos nunca regresan.

Como en el caso de Egipto, el ideal de una región árabe que sea mucho más democrática, incluyente y en paz es todavía más un sueño que una realidad. Países como Libia, Siria y Yemen se encuentran sumidos en profundas crisis políticas y humanitarias, en las que la búsqueda del poder los ha conducido a guerras civiles sangrientas. En el caso de Egipto, el nuevo Gobierno se ha enfocado en atacar y desaparecer a sus opositores, con el silencio cómplice de Estados Unidos, que ve a este Gobierno como su aliado más importante en la defensa de Israel y en contra de grupos islamistas extremos.

Al cumplirse cinco años del comienzo de la Primavera Árabe, la realidad de millones de personas que viven en medio de la pobreza, la desigualdad y la guerra es la misma que la de ese joven desempleado en un pequeño pueblo de Túnez que tomó la decisión de inmolarse.

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