Las secuelas de la Primavera Árabe

Las secuelas de la Primavera Árabe

Nuria García Murcia- El 25 de enero de 2011, Egipto irrumpió en una revuelta social, política y económica. Por aquel entonces, los ánimos eran optimistas y algunos tenían la esperanza de encontrar indicios de democratización al final del camino. Casi cinco años más tarde, Oriente Medio y el Norte de África siguen inmersos en una profunda transformación que en muchos países solo ha dado como respuesta violencia. La Primavera Árabe prometía traer la paz, la democracia y la estabilidad no solo en las naciones en las que emergió, sino también en toda esta región. Pero durante estos años, la situación para la mayoría de los países afectados solo ha desembocado en más catástrofes. Libia, Siria, Irak o Yemen están colapsados por las insurgencias y sumergidos en diferentes grados de guerra civil. Muchos consideran que Egipto, el estado árabe más relevante, es ahora menos libre y próspero que lo era bajo el mandato de Hosni Mubarak.

Algunos países, como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Omán, Baréin, Kuwait, Marruecos y Jordania son algo más estables y razonablemente seguros. Solo Túnez y Marruecos parecen haber pasado con éxito la tormenta, aunque la idiosincrasia que caracteriza a sus pueblos no viabiliza la extrapolación de sus modelos de éxito al resto.

Esto es lo que está sucediendo en los países que tomaron por bandera la Primavera Árabe para abandonar la situación de precariedad:

Túnez

Aquí es donde realmente nace la Primavera Árabe, concretamente en la localidad de Sidi Bouzid. En diciembre de 2010, el joven Mohamed Bouazizi, un graduado universitario que no conseguía empleo, se convirtió en vendedor ambulante de frutas y verduras para ayudar a su familia. Después de varios enfrentamientos con la policía por carecer de permiso para vender en la calle, Bouazizi se quemó a lo bonzo delante del edificio central del gobierno y murió 18 días más tarde. La gente salió a la calle bajo la denominada Revolución Tunecina o Revolución de los Jazmines. El presidente tunecino por casi 24 años tuvo que huir a Arabia Saudí.

Posteriormente se ha llamado en Túnez a elecciones democráticas y reformas institucionales, sin que las protestas hayan tenido que intensificarse. A pesar de ello, esta región del norte de África no ha conseguido cumplir sus metas. Incluso muchos de los ciudadanos del país han viajado a Siria o Irak para defender la causa del Estado Islámico. Crímenes como el del Museo Bardo en marzo, en que 19 turistas resultaron muertos, o el de la playa de Susa en junio, en que 38 personas (también mayoritariamente turistas) fallecieron, fueron obras de los yihadistas tunecinos que habían vuelto de Siria.

Egipto

Los activistas egipcios se inspiraron de los tunecinos, quienes habían dejado claro qué hacer ante un gobierno corrupto. Tras derrocar a Hosni Mubarak, los egipcios votaron democráticamente en la primavera del 2012 y Mohamed Morsi fue el elegido como el nuevo presidente que lideraría el cambio. Pero Morsi no cumplió sus objetivos y por medio de un golpe de Estado fue depuesto; después los militares tenían el control total de Egipto. Más tarde se plantearon unas nuevas elecciones para la primavera del 2014, pero Abdel Fattah el-Sisi, precursor del golpe militar, se presentó a las elecciones arrasando con el 96% de los votos. Hasta la fecha ha podido conservar un gran nivel de popularidad.

Yemen

Yemen es una de las naciones más pobres de la Península Árabe y pocas posibilidades tiene de abandonar esta posición ahora que ha caído en manos de al Qaeda. En 2011 las protestas brotaron contra la dictadura del presidente Ali Abdullah Saleh (quien a pesar de limitar el proceso democrático había ofrecido al país cierta estabilidad por 33 años de mandato), y se dio lugar a miles de muertes. Sería en febrero de 2012 cuando por fin se llevaron a cabo elecciones, aunque solo había un candidato: Abd Rabbuh Mansur al-Hadi. Sin embargo, la minoría chií, los houthis, no lo permitiría por mucho tiempo. Después de tomar la capital de Saná y otras localidades, puso punto y final a la corta presidencia de Hadi, a pesar de que este último asegure que todavía es el presidente legítimo de Yemen.

Libia

Tres días después de que Mubarak fuera destituido en Egipto, a través de Facebook se hizo una llamada para acabar con el mandato de Muamar el Gadafi mediante protestas callejeras. Dos días más tarde, unas 200 personas se manifestaron en Bengasi para condenar el arresto del abogado y activista Fathi Terbil, una acción que se tradujo en más encarcelamientos de los manifestantes y agravios con la policía. Pero a Gadafi no parecía preocuparle demasiado lo que estaba sucediendo; así lo declaró en una entrevista para la CNN afirmando que solo eran jóvenes luchando entre ellos. Era evidente que Gadafi estaba equivocado. Las protestas siguieron teniendo lugar y el gobierno acabó involucrándose en ellas. Tal era la influencia de Gadafi en Occidente, que llegó a utilizar en los ataques aviones cedidos por la OTAN. No obstante, el despliegue bélico de Gadafi no duraría mucho. En octubre de 2011 fue asesinado por las tropas rebeldes y el mundo entero fue testigo de ello.

Su caída supuso el fin a la represión política que Gadafi había impuesto como líder, pero también el inicio de una nación sin base alguna para constituir un nuevo legado. Nadie sabía qué hacer y ese desconocimiento persiste hasta hoy. La capital, Trípoli, es un lugar relativamente pacífico comparado con el resto del país. Sin embargo, aprovechando el vacío gubernamental y el desconcierto, hasta Libia también ha llegado el Estado Islámico que ya ha tomado el control de Derna, una ciudad que limita con Egipto.

Siria

El país vive una guerra civil sin final desde hace cuatro años. Lo que en marzo de 2011 comenzó con el arresto por delito a algunos niños por unas pintadas en las paredes ha girado como una espiral hasta convertirse en una sangrienta guerra que ya se ha cobrado la vida de más de 220.000 sirios. El presidente Bashar al-Assad no está dispuesto a permitir demostraciones de descontento o sublevación, dejando claro desde un primer momento que atreverse a ello puede costar muy caro.

Las Naciones Unidas acusan a al‐Assad de utilizar armas químicas, hecho que él siempre ha negado. Tampoco ha actuado para zanjar el conflicto. Todo el mundo en Siria lucha en esta guerra y a ella se han unido grupos terroristas como el Frente Al‐Nusra y el Estado Islámico, empeorando todavía más el escenario.

Después de analizar la situación actual de desasosiego y violencia que se vive en la mayoría de países a raíz de una revuelta que suponía todo lo contrario, es inevitable la pregunta de ¿qué se ha hecho mal?

En realidad nada se ha ejecutado con coherencia. Para empezar, de la Primavera Árabe no ha nacido ningún líder, ni uno solo capaz de aunar y defender intereses comunes o una visión de avance que permita la transformación. Además, la trivialidad sectaria y la profunda división de las regiones continúan burlándose de cada autoridad estatal que intenta guiar las convulsas naciones. El despertar de la Primavera Árabe que parecía dejar leer entre líneas prosperidad no ha traído consigo ningún presidente capaz de gestionar y gobernar en equilibrio.

En segundo lugar, con la excepción de Túnez, los cinco países más alterados por la Primavera Árabe (Túnez, Yemen, Libia, Siria y Egipto) no disponen de instituciones que conecten con las necesidades del pueblo. Sin una estructura política sólida, un sistema social dinámico ni políticas reales, los avances permanecerán inalcanzables.

En cambio, es apreciable el desarrollo en Irán, Turquía e Israel, gracias la estabilidad política que están experimentando, la excelente economía y la adopción tecnológica que han implementado. Quizá, poco a poco, todos ellos puedan algún día proyectar ese avance en el resto de estas naciones.

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