Degradación de infraestructura de EEUU amenaza su estatus de superpotencia

Degradación de infraestructura de EEUU amenaza su estatus de superpotencia

Zandra Beaumont- Desde sus inicios como país, Estados Unidos de América supo la importancia de unificar esta vasta nación a través de una magnífica infraestructura, que posteriormente cimentó las bases para su crecimiento y auge económico. Desde la red de ferrocarriles en el siglo XIX hasta el sistema de autopistas en los años cincuenta del siglo XX, la llevó de ser una confederación de colonias inglesas en el nuevo continente a ser la superpotencia por la cual se conoce hoy. Sin embargo, en el siglo XXI, el país norteamericano ha visto como sus renombradas obras maestras de infraestructura han quedado rezagadas. Antes eran símbolos mundiales de innovación tecnológica e ingeniería; ahora se encuentran en condiciones deplorables, lo que pone en peligro el estatus del país de potencia económica.

El sistema ferroviario sigue siendo el más extenso del mundo, con un total de 224 mil 792 kilómetros de vías troncales. En la década de 1930 era el más veloz del planeta. De igual forma, la red de autopistas también ocupa el primer puesto a escala mundial, con un total de 6 millones 506 mil 204 kilómetros, de acuerdo con datos arrojados por el World Fact Book de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés). Sin embargo, el 65% de las principales carreteras del país se encuentran en un estado por debajo del adecuado, el 25% de los puentes necesita una reparación significativa y el 45% de los estadounidenses no tiene acceso a un sistema de transporte eficiente, según un informe oficial de la Casa Blanca.

De igual modo, el presidente Barack Obama, antes de llegar a la Oficina Oval, expresaba su sueño de contar con un país surcado por trenes de alta velocidad, sin estancamientos en las autopistas, ni puentes en riesgo de desplome. Pero con la mayoría republicana que predomina hoy en el Congreso, las propuestas del primer mandatario estadounidense se han visto truncadas, y se le ha impedido afrontar una de las prioridades de su presidencia: modernizar la red de una infraestructura antigua que amenaza la pujante economía del país.

Actualmente, la inversión en infraestructura está en su nivel más bajo desde 1947, de acuerdo al análisis de la CIA. Por su parte, las vías férreas no pueden soportar trenes muy rápidos, por lo que la velocidad máxima permitida a los mismos es de 127 km/h (trenes Amtrak), con la excepción del Acela que conecta Boston,­ Nueva York y Washington DC, a 177 km/h. Además, la normativa sobre señalización y colisiones es arcaica; rige desde los años veinte. La Administración Federal de Ferrocarriles (FRA por sus siglas en inglés) establece que un tren de pasajeros debe estar diseñado para poder sobrevivir una colisión con su contenido mercante sin deformarse. Sin embargo, las regulaciones impuestas por la FRA son mucho más conservadoras que las europeas en velocidades de paso por curvas y peraltes; son derivadas de estudios sobre la comodidad del pasajero realizados en los años cincuenta.

En el informe más reciente de los que publica La Sociedad Americana de Ingenieros Civiles (ASCE) cada cuatro años, la calificación de las infraestructuras norteamericanas fue elevada de D a D+, en una escala de la A a la F. Cabe resaltar que en varias clasificaciones sobre competitividad e infraestructura realizados por el Foro Económico Mundial, Estados Unidos se encuentra en el puesto número 12, detrás de países como Hong Kong, Singapur, Suiza, Holanda, Alemania, Francia, España o Reino Unido.

Luego del florecimiento en inversión experimentado en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, el dinero destinado a la infraestructura ha ido retrocediendo paulatinamente. Estados Unidos solo gasta 2% del Producto Interno Bruto (PIB) para este fin, lo que corresponde a un declive de 50% respecto de 1960 y mucho menos que países como China (9% del PIB) e India (8% del PIB).

Asimismo, desde 1956, las autopistas estadounidenses se financian a través del impuesto federal de combustibles, conocido como el Fondo Fiduciario de Carreteras (HTF por sus siglas en inglés), cuya fiscalización se ha mantenido en 18,4 céntimos de dólar por galón desde 1993. Este fondo es la principal fuente para la construcción y reparación de carreteras, puentes, puertos, líneas ferroviarias, y demás infraestructura de transporte.

No obstante, diferentes factores como la inflación, la mejora de la eficiencia en el rendimiento de la gasolina de los automóviles, los nuevos combustibles, vehículos eléctricos, entre otras mejoras logísticas, indican que las recaudaciones irán reduciéndose cada vez más en los próximos años. Por tal motivo, se ha abierto un debate acerca de la necesidad de modificar esta fuente de ingresos y se han ensayado diferentes tipos de políticas de aumento de la fiscalización o tarificación.

En consecuencia, el Poder Legislativo se encuentra en medio de un debate sobre la renovación del deficitario fondo; el flanco demócrata apoya aumentar dicho impuesto y aboga por la creación de una ley que permita la inyección de recursos, pero las propuestas han sido rechazadas por la mayoría republicana que impera en el Congreso. Como resultado, solo se han aprobado medidas paliativas, aportando así el gobierno federal los recursos necesarios para que la infraestructura pueda funcionar al corto plazo.

Por su parte, la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles expresa que de no invertirse más dinero en la infraestructura (alrededor de unos 157 mil millones de dólares adicionales al año para el 2020), las fallas y deficiencias en este sector le costará al país casi 1,1 millón billones de dólares en ventas perdidas, así como 3,5 millones de empleos.

Estados Unidos se tropieza con desafiantes obstáculos para afrontar los retos intrínsecos de una sociedad cambiante, que exige un sistema de transporte rápido y eficiente, a la altura de un país que se esfuerza en mantener su posición como la primera economía del mundo. Igualmente, es indispensable un panorama renovado de gobernabilidad entre demócratas y republicanos que articule esfuerzos para proveer una infraestructura innovadora y métodos alternativos de transporte público a una población en constante crecimiento.

Por consiguiente, que el país que definió en el siglo pasado el término de grandes obras contara con trenes vibrantes de alta velocidad, con autopistas interestatales magníficamente asfaltadas y con puentes rígidos e imponentes, no sería simplemente un sueño arrebatado del presidente Obama, sino una realidad que refleje su competitividad global, al tiempo que beneficiaría a todos los habitantes de esta transeúnte nación.

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