Nigeria: entre la riqueza y el terror

Nigeria: entre la riqueza y el terror

Nuria García Murcia- “Cambio” es el lema con el que muchos nigerianos se desplazan, huyendo de los disparos que se escuchan desde lejos antes del amanecer, unidos en éxodo, cruzando extensas aguas mientras escapan para salvar sus vidas. “Cambio” es la promesa electoral que ha llevado a Muhammadu Buhari al poder, un musulmán de 72 años y militar que se vio obligado a renunciar con el golpe de estado de un presidente cristiano en 1983. Con la llegada de Buhari a la presidencia el pasado abril, los cantos de “¡Chanji Dole! ¡Chanji Dole!” (‘cambio a la fuerza’) se entonaban por las calles de estados del noroeste de Nigeria. Buhari prometió fin a la corrupción y una mejora de la seguridad ciudadana. Hasta el momento nada de eso ha tenido lugar. No obstante, la benevolencia autocrática o estratégica, en su momento incluso sincera, no es nueva para esta nación que sufre golpes de estados hostiles e incesantes desde principios de los 90.

La rivalidad etno‐religiosa de Nigeria es un legado del colonialismo. En el norte insular, los británicos permitieron a un grupo de musulmanes mantener sus costumbres. Mientras, en el sur, los misioneros llevaron a cabo sus tareas de evangelización. El resultado actual de la evolución de aquellas decisiones es que más de la mitad de la población del norte vive en la pobreza y, concretamente en la ciudad sureña de Lagos, la más grande de África y cerca de donde están los yacimientos de petróleo, se encuentran los profesionales cualificados que gozan de cierta calidad de vida.

Esta combinación de factores en el sur del país impulsa la economía nigeriana, haciendo que sea la que más rápido ha crecido en este siglo. Sin embargo, el norte no ha disfrutado del mismo desarrollo que el sur, dando lugar al nacimiento del grupo terrorista islamista Boko Haram, quienes ya cuentan con seis años de terror sembrado y más de 13.000 vidas cobradas —si bien no fue hasta 2014 cuando el grupo yihadista captó la atención mundial con el secuestro de 276 niñas—. Desde entonces, el conflicto se ha expandido a los países colindantes que trabajan juntos para reducir al grupo islamista.

Como si el goteo constante de ataques perpetrados por Boko Haram fuera poco, Nigeria también ha sido paralizado por un colapso de precios del petróleo. Las elecciones de marzo, las primeras del país en las que se transfirió el poder de forma democrática desde finales del colonialismo en 1960, parecían ofrecer una oportunidad a un país cansado de vivir en la pobreza y de luchar por sobrevivir día a día. Sin embargo, más de 177 millones de personas ya están descontentas con la gestión del nuevo gobierno.

Los optimistas creen que el aumento de ingresos y la resurgente población juvenil dotarán a Nigeria del potencial que la nación necesita para convertirse en un mercado emergente como China o la India. Nigeria es la séptima nacion más poblada después de China y la India, y ese desarrollo podría acabar instaurando un modelo africano democrático real. No obstante, lo que el país necesita para superar esa división norte‐sur es combatir la desigualdad y mejorar los servicios básicos, como es el suministro de energía eléctrica a la mayor parte de la población que ahora no tiene. Nigeria se está haciendo grande, demasiado para ignorarla.

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