Racismo en los Estados Unidos sigue siendo realidad

Racismo en los Estados Unidos sigue siendo realidad

Luis Germán Sánchez- En las últimas semanas la prensa de los Estados Unidos se ha visto inundada de noticias relacionadas con el odio racial, sobre todo hacia los afroamericanos. Hemos visto una sarta de incidentes que frecuentemente han involucrado la policía, esfera que se supone debe proteger y defender. Como muchos ya saben, esta triste tendencia llegó a nuevas alturas el 17 de junio, cuando un joven blanco armado entró en una iglesia afroamericano en Charleston, Carolina del Sur y disparó contra el grupo de feligreses que lo habían recibido en su grupo de estudio bíblico, matando a nueve personas. Lo que sorprende de estos hechos es que con un buen tramo del siglo XXI ya transcurrido, con tanta apertura, globalización y modernidad en general, no se hayan podido superar los odios, la discriminación, la segregación y el rechazo hacia aquellos que no son como nosotros. Parece paradójico que un país formado por inmigrantes que buscaban la emancipación en su más amplio sentido, un país diverso y vanguardista, considerado por muchos la cuna de la libertad, no haya podido desprenderse de uno de sus males más vergonzosos.

Sin embargo, la historia es clara cuando nos relata que la población negra esclava fue introducida en el siglo XVIII a lo que es hoy el territorio estadounidense. Durante algo más de un siglo los esclavos no solo fueron “usados” como mano de obra para la todas las actividades de la floreciente economía; también eran un símbolo de poder entre los ricos hacendados y hombres de empresa de la época. Hasta la abolición oficial de la esclavitud en 1863, los esclavos de origen africano y sus subsiguientes generaciones fueron objeto de maltrato, abuso, castigo, mutilación e incluso la muerte. Además, después de su emanipación y no obstante su condición de hombres libres, los “negros” fueron tratados como ciudadanos de segunda, y sus oportunidades fueron reducidas a un punto tal que muchos decidieron trabajar por comida (lo que les hacía nuevamente esclavos) y en el peor de los casos delinquieron o se murieron.

Para el siglo veinte y con una población “negra” multiplicada por miles, la discriminación y segregación se convirtieron en una bomba de tiempo que debía explotar y así lo hizo -con movilizaciones, marchas, manifestaciones, desacato y otras tantas muestras de inconformidad y reclamo por un trato justo e igualitario-. Finalmente, y once meses después de uno de los discursos más famosos de todos los tiempos, “Yo tengo un sueño” (“I have a dream”) del Reverendo y Doctor Martin Luther King Jr. el 28 de agosto de 1963, el Presidente Lyndon Johnson daba luz verde a la Ley de los Derechos Civiles de 1964, estampando su firma en el documento el día 2 de julio de ese año.

Se podría pensar que con la sanción de la ley se allanaría el camino para la convivencia armónica entre una mayoría dominante y blanca y la incipiente minoría negra, pero fuerzas oscuras dentro de los gobiernos estatales o clandestinas como el Ku Klux Klan trataban de impedir a toda costa la inserción de la comunidad “afro” en la sociedad de aquellos días.

Ya en el siglo veintiuno y pese a los enormes avances de los afroamericanos en todos los órdenes de la vida del país, vemos con asombro e indignación que las manifestaciones racistas siguen vigentes y a la orden del día. Casos como el de Trayvon Martin en 2012, muerto por un “vigilante” voluntario en la Florida, o el de Eric Garner en 2014, quien murió por abuso policial en Nueva York, son prueba suficiente para demostrar que el odio y la intolerancia hacia los afroamericanos todavía se manifiestan de manera brutal.

En resumen, el racismo sigue presente en este país, y -como muchos ya sabemos- no solamente contra la comunidad afroamericana. También toma fuerza hacia las nuevas corrientes de inmigrantes, acompañado por nuevos temores como la pérdida de empleos, el costo de los servicios y la seguridad social o el implantamiento paulatino de nuevas tendencias religiosas o costumbres culturales.

El cambio es lento y esporádico, y a veces parece que nunca se logrará. Sin embargo, cuando se considera los avances que el país ha visto en este asunto a lo largo de su historia, no es inverosímil imaginar que algún día aceptemos que lo que hace lindo a este mundo es que somos diferentes, y que en vez de buscar para ver las diferencias debemos buscar primero lo que nos une y lo que nos identifica, y luego sacar el máximo provecho a las diferencias.

Como dijo Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

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