América Latina sigue siendo la región más desigual del planeta

América Latina sigue siendo la región más desigual del planeta

Zandra Beaumont- América Latina es la región más urbanizada del mundo, y aunque esta situación ha mejorado vertiginosamente sus oportunidades económicas, no ha dejado de ser también la zona más desigual. La exclusión social, la brecha monumental entre ricos y pobres y los desaciertos de sus gobernantes han llevado a su población a padecer una disparidad tangible, una realidad de contrastes y contradicciones. A pesar de pertanecer a una región rica, joven y diversa que no cesa de crecer, sus habitantes más marginados imploran equidad y justicia. La desigualdad se ha transformado en un malestar universal. América Latina no es la única región donde el acceso a las oportunidades ha ido mermando paulatinamente. Actualmente, se estima que más del 67% de la población mundial vive en ciudades donde las diferencias en el ingreso se han incrementado, desde 1980, a niveles alarmantes, de acuerdo a análisis publicados en el rotativo The Economist en el 2012.

La brecha entre ricos y pobres aumentó no solamente en los países en vías de desarrollo y en las economías emergentes, sino también en naciones tradicionalmente maś igualitarias, de acuerdo a datos arrojados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Pese a que la disparidad ha aumentado desde hace varias dećadas, esta tendencia se agudizó a finales del siglo XX.

Históricamente, Latinoamérica se ha caracterizado por ser una tierra de desigualdades que data desde la colonización española, o inclusive antes, a través de las sociedades indígenas jerárquicas de América, situación que ­al parecer­ no se ha revertido en su totalidad. Un 80% de la población vive en zonas urbanas, de la cual más del 25% habita en tugurios o en áreas de miseria, indicó la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Las ciudades latinoamericanas han evolucionado dentro del torbellino del caos, generando así la proliferación de barrios pobres y franjas de miseria que conviven a la sombra de la segregación y de una marcada desigualdad. Según la ONU, el principal problema es que no se están tomando las medidas necesarias para minimizar este problema, el cual seguirá aumentando en la medida que las ciudades vayan extendiéndose, primordialmente en las zonas marginales.

En América Latina el 10% más rico posee el 40% de los ingresos. Desde 1970 es considerada la región más desigual del mundo; el 20% de la población más rica tiene, en promedio, un ingreso per cápita casi 20 veces superior al ingreso del 20% más pobre, de acuerdo a la ONU, que utilizó las cifras expuestas a través de la aplicación del Coeficiente de Gini (medida de desigualdad de los ingresos entre países).

Igualmente, el estudio de la ONU destaca ­con preocupación­ que las ciudades latinoamericanas siguen expandiéndose físicamente pese a la desaceleración en su crecimiento demográfico, de una manera que «no es sostenible». Las disparidades en una población pueden tener un fuerte impacto en su productividad, puesto que está estrechamente relacionada con el bienestar y la prosperidad de los ciudadanos que trabajan y contribuyen al desarrollo económico. Por tal motivo, conservar un ambiente equilibrado y seguro, donde cada uno de sus habitantes se vea reflejado en una estructura justa y productiva, es fundamental para la sostenibilidad y el desarrollo progresivo.

Cabe resaltar que las ciudades de la región son las grandes promotoras del desarrollo económico, y de acuerdo a la ONU, generan hasta 67% del Producto Interno Bruto (PIB). Las posibilidades palpables de acceder a las oportunidades para el desarrollo personal —la educación, sistemas de transporte público, seguridad, espacios públicos, vivienda digna, salud y servicios de agua potable— deben ser garantizadas por toda urbe a sus ciudadanos en aras de sostener una sociedad satisfecha y una economía próspera.

Luego de incrementos significativos en las décadas de 1980 y 1990, la desigualdad en la región vio una disminución en la primera década del 2000, como resultado de un contexto internacional más favorable y políticas sociales más efectivas. También la inclusión de programas de lucha contra la desigualdad y la pobreza en las agendas de desarrollo ha rendido frutos.

A pesar de los progresos logrados por América Latina y el Caribe en los últimos 10 años, 124 millones de personas viven en la pobreza en las ciudades, más de la mitad en Brasil (37 millones) y México (25 millones). Se han reproducido en todos los países de la región prácticas excluyentes, fuerzas invisibles y gobiernos pocos capaces. Además, la fragilidad de algunas instituciones, la ineficiencia y la falta de transparencia de algunos programas de gobierno, así como los privilegios e intereses personales, amenazan con revertir las tendencias positivas para hacer de ellas solo una esperanza inalcanzable para una parte de la colectividad latinoamericana descontenta, que, a veces, busca hacerse sentir a través de estallidos sociales y recordar al resto de la sociedad las profundas diferencias que aún existen.

Según la Corporación Andina de Fomento (CAF), para mejorar el paisaje de la desigualdad, se requiere de un paradigma renovado de gobernabilidad que articule esfuerzos, fortifique los mecanismos formales de coordinación, defina corresponsabilidades a gobiernos locales con mayor autonomía para diseñar sus propias leyes que les permitan controlar los parámetros de la urbanización y el desarrollo socioeconómico y ambiental para asegurar una prosperidad mejor distribuida. Es una región en donde, ­estima la ONU­, la tasa de población que vive en ciudades llegará al 89% en 2050, pero anticipa que en el Cono Sur, la zona más urbanizada, llegará al 90% dentro de tan solo ocho años.

Finalmente, las ciudades de América Latina juegan un papel determinante en la agenda de la equidad y el desarrollo urbano sustentable, lo que representa una enorme responsabilidad y desafíos tanto para sus gobernantes como para sus habitantes. A pesar de que la historia los ha arrojado a un mar de injusticias, exclusión social y miseria, y además de los problemas socioeconómicos que acarrea vivir bajo la atmósfera de la marginalidad, los rostros de los latinoamericanos no han dejado de ser risueños, conservando su actitud jovial y fraternal. Detrás de esa sonrisa se esconde la esperanza de habitar en un entorno en el que el desarrollo y el progreso sustentable y armonioso sean derechos fundamentales y, primordialmente, donde­ se abrace a todos los ciudadanos por igual.

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