La sorprendentemente esperada victoria de AMLO como presidente de México

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Brida Marcano- A la mejor usanza de la clásica fábula del lobo, terminó por hacerse con la presidencia de México —nada menos que la nación hispanoparlante más grande del mundo— Andrés Manuel López Obrador, acusado por algunos de extremista de izquierda, autoritario en ciernes y descarado maniobrero capaz de todo —como de atenuar su discurso radical y pactar con sectores de derecha, por ejemplo— con tal de conquistar el poder.

Y es que lo descrito electoralmente el pasado 1º de julio en la nación azteca fue de todo menos una simple victoria comicial. AMLO —siglas de Andrés Manuel López Obrador— conquistó la presidencia de México con el 53,8% de los votos, convirtiéndose así en el presidente más respaldado de la historia política mexicana, al derrotar a un vapuleado José Antonio Meade, candidato del hasta hace muy poco hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), quien apenas obtuvo un 16,3% de los apoyos.

Visto así, en una primera impresión, el triunfo de AMLO representa un segundo hito en el quehacer político de los viejos dominios de Tenochtitlán, desde que aquel 1º de julio de 2000 —vaya una casual casualidad— Vicente Fox, candidato entonces del Partido Acción Nacional (PAN), acabara, con su triunfo presidencial, con más de setenta años del PRI en el poder, abriendo, además, las puertas al bipartidismo, que de manera inédita acaba de derrumbar AMLO con su victoria.

Pese a la efervescencia que este resultado ha producido entre las clases populares y alternativas, lo cierto es que no puede calificarse de fenómeno inesperado. En efecto, es este el tercer intento de aspiración presidencial de López Obrador desde 2006, tras desempeñarse como ex jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Tales pininos presidenciables los dio con el respaldo del izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD), que con astucia logró escindir y trastocar para su provecho en el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

Derivado de estas intentonas, AMLO parece haber aprendido el valor de la moderación. Sin necesariamente renunciar a su característico y cultivado discurso de reencarnar los valores de la revolución mexicana, basados en la justa repartición de la riqueza y la imposición de la autodeterminación frente a la que llama “agresión imperialista estadounidense” —valores, por cierto, que originalmente sustentaron al PRI, que viró posteriormente cada vez más hacia la derecha—, empezó a hablar de “rescatar la integración de todos los mexicanos”, acercándose a sectores tradicionalmente excluidos en México, como el feminista y el de los homosexuales, así como diversificando las filas ideológicas, al dar cabida a una alianza con el Partido Encuentro Social (PES), de raíz evangélica, y asegurando estabilidad a inversores foráneos y garantizando el respeto a la propiedad privada.

Y al hablar de “integración”, aseguran los analistas políticos que AMLO sacó amplio provecho a la guerra a cuchillo entre los dos principales partidos con el fin de conservar el poder, que estalló desde la vuelta del PRI al poder con Enrique Peña Nieto, en 2012, y llegó a su colmo en 2017, en las elecciones por los estados de México y Coahuila, cuando la militancia del PAN dio su opinión sobre ciertas maniobras fraudulentas del PRI en sus triunfos sobre Coahuila, amenazando con imputar al presidente Peña Nieto. El talante de la afrenta, abierta e indisimuladamente por cuotas de poder, repercutió en un sentimiento de abandono por parte de la base militante, conquistada por el discurso de López Obrador.

Ello, sin contar con la creciente sensación de impotencia producida por los casos, cada vez más cotidianos —o por lo menos cada vez más conocidos— de corrupción y de violencia generalizada que pide a gritos un cambio radical en el corto plazo. Solo por mencionar uno, el presidente Peña Nieto vio muy afectada su credibilidad cuando el grupo económico Higa, que recibió contratos cuando él era gobernador del estado de México, cedió a su esposa, Angélica Rivas, la Mansión Casa Blanca, valorada en 7 millones de dólares. Por su parte, se estima que entre 2006 y 2016, unas 170 personas habrían sido asesinadas a manos del crimen organizado.

Asimismo, no son pocos los medios que se arriesgan a denominar a AMLO como “el Trump de izquierda” por su excesivo nacionalismo y su postura radical frente a problemas del país ineficazmente atendidos por pasadas administraciones. Precisamente, sobre su anverso de la moneda, ha dicho López Obrador que exigirá “respeto a la autodeterminación de los pueblos desde la plataforma de la integración regional”, recalcando, insistentemente, la garantía a la libertad de comercio y a la propiedad privada… ¿Pesará más su viraje con rumbo a la “integración política” o terminará decantándose totalmente por los rumbos de su idea primaria, de corte nacionalista radical? Solo resta esperar a su formal investidura, a finales de este año, para empezar a descubrirlo.