El mundo desarrollado en jaque ante la creciente ola de refugiados

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Francisco Machalskys- Según cifras recientes publicadas por la Agencia de Refugiados de la Organización de Naciones Unidas (UNHCR, en inglés, y ACNUR, en español), cerca de 69 millones de personas se han visto forzadas en la actualidad a abandonar sus países de origen, ya sea por conflictos políticos, amenazas bélicas o situaciones agudas de pobreza extrema que ponen en peligro la existencia misma. A estas personas desplazadas por causas ajenas a su voluntad, y que han sido acogidas legal y voluntariamente por otras naciones, se las denomina refugiadas.

En tal sentido, ACNUR asegura que, de tal número de desplazados, apenas 25.4 millones de personas ostentan el estatus de refugiadas. La agencia advierte del escalofriante detalle de que, por vez primera, la humanidad alcanza esa cifra inmanejable de seres obligados a separarse de sus terruños, y con ello de sus familiares y afectos más inmediatos. Por si fuera poco, agrega que más de la mitad de los refugiados son menores de 18 años y que cerca de 10 millones de personas se ubican en la categoría de apátridas, pues no tienen un estatus legal que les dé garantía de movilidad o de residencia legal transitoria.

También resulta escalofriante saber que cada dos segundos un hombre, una mujer o un infante son desplazados por efecto de conflictos y persecuciones en sus países. En tal sentido, en la actualidad tres países en específico generan una cantidad importante de ciudadanía desplazada que irremediablemente inunda otras naciones entre vecinas y distantes: Siria (6.3 millones de desplazados), Afganistán (2.6 millones) y Sudán del Sur (2.4 millones).

En el marco de la actual crisis mundial de refugiados cabe destacar, sin embargo, que otros Estados han encendido las alarmas migratorias en todo el mundo, como es el caso de Venezuela. La ACNUR pidió el pasado mes de marzo que fueran considerados como refugiados los más de cuatro millones de ciudadanos que huyen de la hiperinflación, el agudo deterioro de la salud y el incremento de la delincuencia a causa de la profunda crisis política de este país. Y Nicaragua, que va camino a dos meses en un conflicto político que ha cobrado centenas de muertos y ya se vislumbra como posible foco de huidas masivas de ciudadanos hacia las vecinas naciones de Panamá y Costa Rica.

Recibir o no refugiados, he ahí el dilema del conglomerado de naciones

La pugna política interna en Siria —que ha durado casi siete años y no presenta visos de solución inmediata— desató en 2015 los inicios de una crisis migratoria que terminó por involucrar a ciertos países de Europa occidental, como Alemania, Italia, Francia y Rusia. Esto, después de que algunas naciones vecinas, como Turquía, Líbano y Jordania se declararan saturadas de refugiados. Aún están frescas las imágenes de las coloridas y amistosas recepciones hechas en las principales ciudades de dichos países, con pancartas que decían: “Bienvenidos, refugiados”, luego de que la presidenta de Alemania, Angela Merkel, conminara a Europa a hacerlo “como acto de humanidad”.

Una escalada de actos terroristas tomó a Europa por desagradable sorpresa justo después de la entrada masiva de refugiados (imposible olvidar los ataques de París o Londres, para colmo perpetrados por miembros confesos de la agrupación extremista Estado Islámico). La cadena de atentados despertó una suerte de islamofobia que desencadenó el odio hacia toda persona u objeto de origen árabe, aun cuando tuvieron lugar grandes manifestaciones de refugiados en rechazo a tales atentados en diversas partes del orbe, con la intención de aclarar, a través de pancartas y consignas, que “ser islámico no es lo mismo que ser terrorista”, y a pesar de que los atacantes, aunque de origen árabe, se habían radicalizado en Europa y habían nacido y vivido en Europa.

Tristemente célebres se hicieron las declaraciones del presidente Donald Trump en torno a ese particular, especialmente la medida tomada por su equipo administrativo de prohibir la entrada de ciudadanos originarios de varias naciones árabes en 21 estados de la Unión Americana, lo que provocó decenas de manifestaciones de rechazo. Asimismo, y más recientemente en el marco de la crisis causada por la separación de niños y padres inmigrantes ilegales en la frontera, declaró: “Estados Unidos no se convertirá en un depósito de refugiados ni inmigrantes ilegales”. Pese a la altisonancia de sus ya conocidas declaraciones, Estados Unidos recibió 33,000 refugiados en 2017. Aunque en 2016 fueron recibidas 97,000 personas bajo esa figura —el descenso es notable, claro está—, el país, paradójicamente, sigue a la cabeza en la materia.

De vuelta a Europa, la semilla de la islamofobia ha devenido en un súbito florecimiento de los movimientos de ultraderecha ligados al neonazismo y al nacionalismo extremo. Tales tendencias han ganando espacios en los tinglados políticos de los Estados, desde donde estarían tramando leyes y disposiciones que busquen revertir la entrada de nuevos refugiados, pese a su amparo a la luz de la carta de derechos humanos.

De tal suerte, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, hizo una propuesta severa para sancionar económicamente a los Estados integrantes de la Unión Europea que públicamente se nieguen o critiquen la recepción de refugiados en sus territorios. La medida fue formulada por Macron luego del rechazo que levantara la llegada del barco carguero Aquarius, con 625 inmigrantes a bordo provenientes de 26 países, 23 de los cuales son africanos y tres asiáticos y que finalmente desembarcó en Valencia, España. En lo inmediato, una coalición compuesta por Francia, España, Polonia y Dinamarca ha manifestado su disposición a recibirlos, aunque países como Hungría desafíen abiertamente cualquier intento de sanción esgrimiendo la respuesta que muchos, al menos en deseo, quisieran articular: “No”.

No son pocos los analistas políticos que ven la recepción de refugiados por parte de los países desarrollados como un compromiso, más que como una acción humanitaria. En su opinión, buena parte de los males que aquejan a esos países hoy generadores de población en estampida son resultado de la acción directa o indirecta de las naciones más poderosas del orbe, ya sea a causa de la venta de armas, la intervención política expresa o su ausencia, las políticas económicas adversas manejadas desde los puntos de mayor influencia mundial. Como reza el viejo principio del efecto mariposa, en materia del delicado orden global, el simple aleteo de una mariposa es capaz de generar un tsunami de incalculables proporciones.