Lula Da Silva, “el político más popular de la Tierra”, encarcelado por corrupción

 Foto: Luiz Inacio Lula da Silva, LSE Library

Foto: Luiz Inacio Lula da Silva, LSE Library

Francisco Machalskys- Luiz Inácio Lula Da Silva, exobrero metalúrgico, de tendencia izquierdista radical y dos veces presidente de la República del Brasil —país equivalente en extensión a diecisiete veces España‑— no es un personaje cualquiera, a pesar de que él mismo se mostrara sencillo y populachero. No en balde, el hoy expresidente de Estados Unidos Barack Obama lo calificó en 2009 como “el político más popular de la Tierra”, y la revista Foreign Policy, de “estrella del rock de la escena internacional”, con una popularidad del 87% para cuando dejó el poder en 2010.

Tampoco es un hecho más su reciente detención, primer paso de su viacrucis con rumbo a doce años de cárcel por —presuntos, según sus fieles seguidores— hechos de corrupción. De hecho, Lula Da Silva pasará a la historia, al menos a la de su patria, por ser el primer presidente en ser procesado por hechos punibles, y en ser encarcelado, desde que Brasil superara la dictadura y diera paso a la democracia a mitad de los años ochenta del siglo pasado.

Lo cierto es que su detención, producto de un proceso investigativo que se inició en 2014, ha constituido la manzana de la discordia que ha logrado polarizar a la nación carioca; entre los millones de ciudadanos de las clases baja y media-baja que vieron mejorar ostensiblemente su calidad de vida durante su mandato, al registrarse una expansión económica récord del 7,5% —a la que, lamentablemente, le seguiría una recesión que repercutió en contra de su sucesora, Dilma Rousseff— y los no menos detractores, quienes consideran que durante su gobierno se robó “como nunca antes en la historia de este país”, parafraseando la famosa frase que Lula Da Silva gustaba insertar en sus discursos.

De lustrabotas a popular expresidente caído en desgracia

Como si sus propias vidas resguardaran, miles de simpatizantes y compañeros militantes del Partido de los Trabajadores (PT, de tendencia izquierdo-sindicalista, que el propio Lula Da Silva cofundó en 1980) intentaron impedir que el expresidente se entregara a la policía, tras refugiarse dos días en la sede del Sindicato de Trabajadores Metalúrgicos en São Paulo, cuna de su quehacer político, luego de que el Supremo Tribunal Federal rechazara su solicitud de habeas corpus ante la sentencia dictada por el juez Sérgio Moro, con la que Lula pedía seguir en libertad a fin de participar en las próximas elecciones presidenciales, que se celebrarán en agosto. Pero finalmente, Da Silva se entregó ayer sábado, unas horas después del plazo dado por el juez, a la Policía Federal de Congonhas (São Paulo) para cumplir su condena.

Y es que, para sus seguidores, Lula Da Silva es un ejemplo vivo del desposeído llegado al poder para hacer justicia. Original del árido nordeste brasilero, es el séptimo hijo de campesinos iletrados, cuyo padre abandonó el hogar. Conoció el hambre y la tristeza de emigrar a la ciudad, nada menos que la gigantesca y cruel São Paulo, en busca de algún porvenir. Fue vendedor ambulante y lustrabotas antes de hacerse tornero, donde perdió un meñique en un accidente laboral.

Pese a aquel accidente, la experiencia obrera le llevó a ganar en cambio un buen consolidado carisma, que él mismo sustentó en base de firmeza, arrojo y un discurso convincente, sencillo pero de verdades altisonantes, que tuvo a bien probar durante una histórica huelga que desafió a la dictadura a finales de los setenta. Con tales triunfos en su haber, terminó de cimentar su carrera como luchador social desde las filas del PT, que para el 2010 aglutinaba a 1,4 millones de militantes.

La marcha hacia Brasilia, empero, no fue de la noche a la mañana, pues conoció la derrota en tres procesos electorales. Hasta que el primero de enero de 2003, el pueblo brasilero le entregó la responsabilidad de dirigir su destino político, lo cual hizo desde una perspectiva mixta de inclusión social y estímulo de la economía, reflejada en logros como la derrota de la pobreza para 30 millones de personas y que Brasil fuera sede del Mundial de Fútbol en 2014 y de las Olimpiadas en 2016.

Tras la burbuja de mejoras sociales y expansión económica se diluía, sin embargo, el inefable accionar de la empresa Odebrecht, tristemente célebre por “comprar” su selección en la contrata de grandes obras públicas a cambio de “respaldo monetario” a campañas electorales y otros manejos de turbia naturaleza.

Dos hechos parecen enlodar el buen nombre de Lula Da Silva: el llamado escándalo del Mensalao, con el que conseguiría ser reelegido en 2006 y haber logrado la victoria de Dilma Rosseff en 2010, y el escándalo de Lava Jato, en el que fuera embaucado ante fiscales por antiguos colaboradores suyos, como Antonio Palocci, su antiguo ministro de Hacienda, hoy bajo juicio y quien dijo de Lula Da Silva: “Se disoció definitivamente del niño pobre para navegar en el terreno pantanoso del éxito sin crítica [...], del poder sin límites”. Además se le acusa de haber recibido un lujoso apartamento de playa a cambio de contratos para la costructora OAS.

Golpe para la democracia brasilera

Lula Da Silva calificó su traslado a una celda especial en la policía federal de Curitiba como parte de un “ataque orquestado de la derecha nacional e internacional”, de cara a impedir que cumpliera su promesa de retornar a la presidencia y continuar con su tarea de acabar con la pobreza. Llama la atención que al momento de su entrega no dejara a ningún otro candidato potencial del PT designado para el venidero ruedo político, pese a declarar sobre su carrera política que había finalizado… “al menos por ahora”.

Lo que parece iniciarse con este hecho sin precedentes es un triunfo de la justicia brasilera, primero por lograr resultados en la lucha contra el soborno y la extorsión en las lides políticas, y segundo por demostrar que ante ley no hay favoritismo, ni siquiera frente a un expresidente.

Lo que pareciera estar en juego, al decir de Daniel Aarão Reis, un profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Federal Fluminense, es la fe de la ciudadanía en el juego democrático, toda vez que la contraparte política de Lula Da Silva, haciendo alusión al presidente Richard Temer, acusado también de corrupción, no solo adolezca del mismo mal, sino que además evite la rendición de cuentas. “Me preocupa porque, sin importar si la gente que provocó esta situación tenía esa intención, será un golpe a la democracia”, aseguró. “La democracia vive un momento de escaso prestigio”.