Elecciones en América Latina en 2018 y el fantasma del populismo

 Foto: Protoplasmakid, Creative Commons (CC BY-SA 4.0)

Foto: Protoplasmakid, Creative Commons (CC BY-SA 4.0)

David Guzmán Fonseca- El 2018 podría convertirse en un año en el que se marquen muchos cambios en la política latinoamericana, ya que en una gran parte de la región se llevarán a cabo elecciones para elegir a sus próximos presidentes. Un total de seis países tendrán comicios presidenciales, entre los que se encuentran tres de los más poblados del continente: México, Brasil y Colombia, además de Paraguay, Chile y Venezuela (con elecciones atípicas). Durante los próximos meses se espera que dos de cada tres latinoamericanos tengan la oportunidad de acercarse a los puestos de votación; aunque el panorama es un poco sombrío si se tiene en cuenta la apatía política que abunda en medio de múltiples escándalos.

El terreno político está plagado de escándalos importantes de corrupción, lo que ha llevado a una deslegitimación aún más fuerte de los regímenes políticos de América Latina. Si bien la corrupción es un mal endémico en toda la región, la publicidad que se le ha dado al resonado caso de la firma brasileña Odebrecht (la constructora pagó “propinas” a funcionarios y políticos latinoamericanos a cambio de contratos) generó un terremoto político sin antecedentes y, sobre todo, sin fronteras.

En tiempos en que la tecnología e internet se han convertido en un mecanismo masivo para la difusión de información, también los escándalos se han vuelto mucho más públicos, lo que ha provocado descontento y desaprobación generalizados. En este sentido, la falta de legitimidad de los partidos tradicionales ha creado espacios en los que la población, harta de la corrupción y de “siempre lo mismo”, comienza a buscar nuevas opciones y a escuchar a candidatos que llegan con un discurso de resistencia ante los grupos políticos de siempre —el establecimiento—.

Si bien apelar a la molestia de la población por la mala labor de los políticos tradicionales no es algo malo, podría surgir un problema en el momento en que acabar con este tipo de política se convirtiera en un fin que justificara cualquier tipo de medio. Por ejemplo, en los Estados Unidos, el presidente Donald Trump ascendió al poder luego de una campaña en la que intentó mostrarse como un candidato fuera de los sectores políticos tradicionales. Apelaba a las emociones y a los rencores de una parte del electorado que se sentía descontento por la forma en que, según ellos, habían sido olvidados por demócratas y republicanos. Pero hasta el momento, Trump ha tomado una serie de medidas que han afectado a grupos minoritarios; critica la libertad de prensa e incluso defiende a sectores supremacistas dentro de su país.

Un ejemplo de esto en América Latina es el surgimiento del socialismo del siglo xxi en Venezuela; no debe olvidarse que estuvo contextualizado por un descontento hacia los dos partidos tradicionales —AD y COPEI—, que se habían turnado el poder desde 1958 con la firma del Pacto de Punto Fijo, y que fue así como Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela en 1998. Chávez fue elegido gracias a que su discurso transmitía un mensaje en el que prometía terminar con la exclusión y la corrupción que había generado el pacto.

La historia del mandato de Chávez, si bien estuvo enmarcada por la mejora momentánea de las condiciones de vida de muchos venezolanos —impulsada por los precios históricos del petróleo—, también se caracterizó por el deterioro de las instituciones democráticas, el autoritarismo y, ante todo, por la corrupción, mal que tanto buscaba combatir en un principio. Las cosas no mejoran con su heredero político Nicolás Maduro, quien intenta mantenerse en el poder a cualquier precio, incluso a costa del bienestar del pueblo venezolano.

En gran parte de los países que enfrentarán elecciones este año se vislumbra el aumento en la popularidad de candidatos que usan una retórica populista con la promesa de erradicar la corrupción a cualquier costo. Lamentablemente, muchos de los candidatos que ahora se muestran como caudillos anticorrupción forman parte de las clases políticas tradicionales, solo que se apartan de ellas para poder aprovechar el descontento generalizado de los ciudadanos confundidos.

Lo importante, más allá de pensar en castigar a los políticos corruptos, es pensar en cómo no seguir eligiendo a estos lobos con piel de oveja que prometen de todo, pero que al final no entregan nada. Más importante aún es no dejarse llevar por espejismos políticos en los que aparecen personajes con personalidad de mesías, con una promesa de salvación a cambio de entregarles poco a poco nuestros derechos. De este tipo de personajes está llena la historia de América Latina; basta mirar la tragedia en Venezuela. Este año, cuando se acerque a votar, es mejor que recuerde el viejo dicho de las abuelas: “Tenga cuidado, que de eso tan bueno no dan tanto”.