Amnistía y Partido Republicano. La historia de lo que alguna vez fue

Amnistía y Partido Republicano. La historia de lo que alguna vez fue

Oficina de Fotografía de la Casa Blanca, dominio público

Oficina de Fotografía de la Casa Blanca, dominio público

David Guzmán Fonseca- En los últimos años, las palabras reforma migratoria, amnistía y republicano no suelen aparecer en la misma frase. Desde las elecciones presidenciales del año pasado, parece inconcebible que un político del Partido Republicano de los Estados Unidos manifieste una opinión favorable sobre la amnistía a millones de inmigrantes indocumentados en el país. Sin embargo, la historia muestra una imagen diferente de lo que hoy es el partido del presidente Donald Trump.

Por ejemplo, en 1986, hace tan solo treinta años, el presidente republicano Ronald Reagan firmó la última reforma migratoria que legalizó a cerca de 2.7 millones de inmigrantes indocumentados, lo que representa más o menos dos tercios de los indocumentados que vivían en el país en ese entonces. Esta ley, que se conoce como IRCA (Immigration Reform and Control Act), fue promovida por el representante demócrata Romano L. Mazzoli de Kentucky y por el senador republicano de Wyoming Alan K. Simpson.

No obstante, esta no fue la última vez que los políticos republicanos estuvieron a favor de una amnistía. Más recientemente, el presidente George W. Bush apoyó el proyecto de Ley de Reforma Migratoria Comprensiva de 2007 —propuesto por el senador demócrata Harry Reid—, que contó con la colaboración de los senadores republicanos John McCain, Jon Kyl, Lindsey Graham y Chuck Hagel, entre otros. Esta ley tenía el potencial de beneficiar a más de doce millones de indocumentados con la Visa Z, que habría permitido a todos aquellos que no tenían una visa legal hasta enero de 2010 quedarse en el país de forma legal de por vida. El proyecto de ley fracasó porque ciertas facciones conservadoras del mismo partido se opusieron.

En el año 2013, durante la presidencia del demócrata Barack Obama, el senador también demócrata Charles Schumer introdujo el proyecto de Ley Seguridad Fronteriza, Oportunidades Económicas y Modernización Migratoria (proyecto S.744) (Border Security, Economic Opportunity, and Immigration Modernization Act). El proyecto contó con el auspicio del llamado Gang of Eight (‘banda de los ocho’), un grupo de congresistas de ambos partidos que apoyaban una reforma migratoria que lograra un punto medio entre amnistía, seguridad en la fronteras y cumplimiento de la ley. El grupo estaba compuesto por los senadores republicanos Jeff Flake y John McCain, de Arizona; Lindsey Graham, de Carolina del Sur; Marco Rubio, de Florida; y por los demócratas Richard Durbin, de Illinois; Bob Menendez, de Nueva Jersey, y Michael Bennet, de Colorado.

Aunque el Senado discutió y aprobó el proyecto de reforma migratoria bipartidista, jamás se puso a consideración de la Cámara de Representantes, donde las mayorías conservadoras republicanas opinaron que era prioridad proteger las fronteras, aunque este era uno de los puntos que comprendía explícitamente el proyecto del Gang of Eight.

Entonces, ¿qué ha pasado en la última década para que cada vez sea más difícil que el Partido Republicano apoye una reforma migratoria? Las respuestas son múltiples, pero si tomamos como ejemplo la elección del actual presidente republicano Donald Trump, que causó la división de los dirigentes políticos del Partido Republicano, podremos darnos cuenta de que existe un trasfondo de resentimiento hacia las comunidades que han emigrado a Estados Unidos (ya sea con documentos o sin ellos).

Muestra de ello es que tanto el discurso como las políticas del actual presidente se han enfocado en mostrar a los inmigrantes indocumentados como asesinos, ladrones y violadores, con una retórica que ha resonado en buena parte de la comunidad blanca de los estados más tradicionales del país, quienes comparten esta visión y se han encargado de elegir políticos locales que también la representan. 

Si bien el Partido Republicano fue en su comienzo el partido de la libertad y de los derechos civiles, sus bases de apoyo electoral se han vuelto cada vez menos diversas. A pesar de que Trump obtuvo un mayor apoyo de los latinos y los afroamericanos del que se esperaba (alrededor del 28% y el 8% respectivamente), estos números son supremamente bajos si se considera la diversidad actual de Estados Unidos.

Aunque el discurso en contra de los inmigrantes pudo y aún puede calar en la todavía mayoría blanca y en algunos grupos tradicionales dentro de las minorías, se corre el riesgo de alienar a millones de estadounidenses mucho menos conservadores. Es claro que la elección de Donald Trump ha puesto mayor presión sobre los republicanos moderados y que se muestran más favorables a una reforma migratoria (como Marco Rubio, quien se ha declarado en contra a pesar de haber sido parte del Gang of Eight). Dicha presión se manifiesta en la polarización cada vez más palpable en un país que preserva y vive las cicatrices del racismo.

Lamentablemente, en los últimos años los sectores más tradicionales dentro del Partido Republicano se han apropiado de su plataforma, llevando al partido del Lincoln a un punto en que linda con el racismo, y en el que “humanizar” a millones de indocumentados no es una opción.

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