La confusa y casi inexistente política exterior de Trump en América Latina

La confusa y casi inexistente política exterior de Trump en América Latina

Foto: Presidencia de la República Mexicana, 7 de julio de 2017 por Creative Commons (CC BY 2.0)        

Foto: Presidencia de la República Mexicana, 7 de julio de 2017 por Creative Commons (CC BY 2.0)        

David Guzmán Fonseca- Después de la gira de Donald Trump por Asia, en la que se reunió con los dirigentes de varios países de la región, en particular con el mandatario chino Xi Jinping, es obvio que el presidente estadounidense aún no tiene claros cuáles son los pilares de la política exterior de su país. Por ejemplo, si bien durante gran parte de la campaña electoral hizo diversas críticas a China respecto del manejo de su economía, en la visita reciente firmó convenios por más de 280,000 millones de dólares.

En este sentido, resulta importante entender cuáles son los prospectos de la política exterior estadounidense en lo referente a América Latina. Durante gran parte de la campaña y los primeros meses de presidencia, Trump se enfocó en el tema de la inmigración y la construcción del muro entre México y los Estados Unidos, así como en eliminar todo lo que su antecesor había negociado con Cuba. Pero, más allá de esto, todavía no existen propuestas claras de una política exterior consolidada para la región.

Tal vez uno los indicios más importantes hasta el momento, respecto de la posición que tomará en términos de comercio exterior, tiene que ver con la tentativa del Gobierno estadounidense de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés). En sus discursos, Trump ha hecho oficial su desacuerdo con los tratados multilaterales, los cuales, considera, deberían renegociarse o eliminarse. No obstante, todavía no hay muestras claras de que Trump se haya decidido a renegociar otros tratados de libre comercio con países de la región.

La Secretaría de Estado de los Estados Unidos es la encargada de construir la política exterior del país. Bajo el mando el presidente, dicha Secretaría impulsa los intereses de los Estados Unidos y sus ciudadanos alrededor del mundo. Normalmente, con la asesoría del secretario de Estado, el presidente imparte los lineamientos que dirigen las acciones de las embajadas, los consulados y los oficiales de servicio exterior. Pero en esta presidencia parece haber una excepción.

Da la sensación de que al interior de la entidad prevalece el desorden. El actual Secretario de Estado, Rex Tillerson, nunca había desempeñado cargos diplomáticos o públicos, por lo que se ve como inexperto frente al cuerpo diplomático. Pero su legitimidad dentro de la entidad también se ha visto afectada por la decisión de despedir a algunos de los miembros diplomáticos con mayor experiencia y conocimiento de las relaciones internacionales estadounidenses, bajo el pretexto de considerarlos con posiciones contrarias a las del Trump. Esto se dio a pesar de que gran parte de los miembros del cuerpo diplomático estadounidense han servido en administraciones tanto republicanas como demócratas.

Pero el problema no solo radica en los despidos, sino en la incapacidad para encontrar quien reemplace los cargos y posea las calificaciones para hacerlo. Uno de los puestos más importantes es el del secretario de Estado asistente para Asuntos del Hemisferio Occidental, que está actualmente en manos de un oficial encargado y sin ningún doliente oficial. Como si todo esto no fuera suficiente, hay que sumar a la ecuación el distanciamiento entre Tillerson y Trump, dado que en el mes de octubre se hicieron públicos ciertos comentarios en los que el secretario supuestamente había llamado “idiota” al presidente, aunque ambos personajes negaron el hecho. Trump llamó a un duelo de coeficiente intelectual al secretario con la seguridad de que lo ganaría.

Todos estos problemas han hecho que la política exterior de los Estados Unidos no solo sea confusa —el presidente suele formular sus “políticas” a través de Twitter—, sino en muchos sentidos también inexistente, ya que en realidad no puede hablarse de políticas sino de reacciones que responden al estado de ánimo de Donald Trump.

En el caso de Venezuela, el presidente ha hecho múltiples declaraciones y publicado uno que otro comentario en Twitter. Pero probablemente solo tomará la decisión de invadir el país o proteger a quienes sufren por el régimen, bajo la luz del beneficio pudiera recibir o de qué tan molestos encuentre los insultos del presidente Nicolás Maduro. Si bien las sanciones impuestas a algunos dirigentes de este país podrían dar una esperanza de que Trump tiene interés en Venezuela, la estabilización requiere de políticas claras y no medidas simples en contra de un puñado de dirigentes venezolanos.

Aquí es donde radica el verdadero problema. Los Estados Unidos no parecen tener claridad sobre cuál es su posición frente a los vecinos del hemisferio. Por ahora, los diplomáticos estadounidenses tratan de sortear el día a día y acomodar sus acciones a una política que parece construirse en Twitter y se basa en las emociones y las reacciones del presidente estadounidense frente a un tema.

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