La violencia en Colombia: una historia de dos países

  Foto:  Pipeafcr, Creative Commons (CC BY-SA 3.0)

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David Guzmán Fonseca- Mucho se habla del hecho de que varias generaciones de colombianos han tenido que sobrevivir en medio del conflicto en los últimos cincuenta años, pero la violencia siempre ha estado presente en la historia de Colombia, aunque no todos la han experimentado de la misma forma.

Históricamente, Colombia ha sido un país fraccionado entre los grandes centros urbanos (los núcleos financieros, políticos e industriales de las ciudades como Bogotá, Cali, Barranquilla y Medellín) y las zonas rurales dispersas y menos desarrolladas. Y con este patrón, también se ha dividido y vivido el conflicto.

La violencia en Colombia ha enmarcado la formación y la conformación de este país, desde que los partidos Liberal y Conservador comenzaron a teñir de sangre el campo colombiano a finales del siglo XIX. Sin embargo, uno de los momentos más fuertes que quebró la historia del país y marcó un giro hacia un conflicto más generalizado fue lo que se llamó la Violencia. Este periodo se desarrolló ante la muerte del líder liberal y candidato favorito a la presidencia de Colombia, Jorge Eliecer Gaitán, quien fue asesinado el 9 abril de 1948 en Bogotá, y que desencadenó lo que se conoció como el Bogotazo. El evento se caracterizó, inicialmente, por manifestaciones en las que se saquearon y quemaron las principales edificaciones del centro de la capital. Posteriormente se propagó por todo el país y se prolongó durante casi diez años, con un resultado de aproximadamente 200,000 muertes.

En este contexto, y ante las demandas de una mayor y mejor presencia del Estado central en las zonas rurales, por parte de los sectores más vulnerables y pobres, comenzaron a surgir grupos guerrilleros como las FARC y el ELN. Años después, ante la incapacidad del Gobierno de controlar a estos grupos guerrilleros o proveer un alivio a sus demandas, se crearon agrupaciones paramilitares privadas —muchas con apoyo del propio Gobierno— para luchar contra los ataques de los grupos de izquierda.

Esto solo empeoró cuando al panorama se sumaron los narcotraficantes, quienes buscaban controlar zonas para el cultivo y el procesamiento de cocaína, marihuana y amapola. El campo se convirtió de nuevo en el epicentro de la violencia en Colombia, pero con la toma del Palacio de Justicia en 1986 a manos del grupo guerrillero M-19, la violencia tocó, de forma profunda y directa, a la capital del país.

Fue en esta misma década cuando los grandes carteles de la droga, como el de Medellín y de Cali, usaron el terrorismo y la violencia en las ciudades como herramienta para proteger sus negocios y prevenir su extradición a los Estados Unidos. Con Pablo Escobar como jefe del Cartel de Medellín y los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela, del Cartel de Cali, miles de colombianos comenzaron a sentir una violencia que hasta entonces se había sentido de forma aislada en las zonas más dispersas del país. Así, las drogas se convirtieron en el insumo para recrudecer el conflicto en Colombia, y más aún, cuando los grupos guerrilleros vieron su potencial financiero.

Hoy en día, según datos de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, hay 8,208,564 víctimas del conflicto armado en Colombia, de las cuales 7.2 millones han sufrido por el desplazamiento; 167,809 personas son víctimas de desaparición forzada (49,984 son víctimas directas y 120,825 son víctimas indirectas, es decir, familiares y allegados), y casi un millón de personas han sido impactadas por homicidios en el marco del conflicto (268,000 colombianos asesinados y 722,000 afectados de forma indirecta).

Una de estas víctimas indirectas es Juan*, quien a los nueve años tuvo que presenciar cómo su padre los bajaba a él, a su madre y a su hermana, de diecisiete años, del carro en el que se transportaban en el departamento del Casanare, en el oriente del país, cuando dos miembros de las FARC le pidieron que los condujera en su automóvil a una región cercana. A menos de un kilómetro, Juan y su familia escucharon tiros y luego encontraron a su padre tirado en medio de la carretera. Juan y su familia debieron abandonar su hogar y desplazarse al vecino departamento de Boyacá. No volvió a visitar la finca de sus padres hasta después de varios años, cuando el Gobierno llegó a la zona con las fuerzas militares para proteger nuevas explotaciones de petróleo que se estaban llevando a cabo en el departamento (en esta zona del país había presencia de las FARC, ELN y grupos paramilitares).

La historia de Juan se repite, una y otra vez, en las voces de los miles de jóvenes que han sufrido la violencia en Colombia a manos de actores estatales y no estatales, y que han tenido que abandonar sus hogares por el miedo (Colombia tiene el mayor nivel en el mundo de desplazamiento forzado a causa de la violencia). Sin embargo, estas son historias de la violencia en una Colombia rural y no urbana.

Si bien los actos terroristas de los grupos narcotraficantes y guerrilleros llegaron a las grandes ciudades (como la bomba de Pablo Escobar en el edificio del Departamento Administrativo de Seguridad-DAS en Bogotá, que destruyó la fachada del edificio del servicio de inteligencia colombiano y dejó más de 70 muertos en 1989; o el atentado al Club El Nogal en Bogotá en 2003, que dejó 36 heridos y que fue atribuido a las FARC, así como muchos otros atentados terroristas que dejaron cientos de víctimas y damnificados) la violencia en Colombia se ha dejado sentir de forma más cercana el campo; los pobres son los más vulnerables y quienes han puesto la sangre en este conflicto.

¿Cómo se ha vivido la violencia en Colombia? Las respuestas son diferentes según sea a quién y en dónde se pregunte. Sin lugar a dudas, todos los colombianos han sentido lo que ha sido crecer en un país en el que los atentados, los secuestros y las muertes plagaban las noticias. Muchas personas en las ciudades tienen algún familiar o conocido que fue secuestrado o asesinado durante el conflicto. Pero quizá los desplazados por la violencia, forzados a trasladarse a las ciudades, son quienes han sufrido más en un contexto de muerte que ha azotado históricamente al campo colombiano.

*No publicamos su nombre real para mantener su anonimato.